| El Soplo del Espíritu |
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| martes, 13 de mayo de 2008 | |
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Pentecostés es el día en que el Espíritu Santo, como arquitecto del Padre, pone la primera piedra de la iglesia; pone su fuego en los apóstoles para que actúen y salgan de su encierro; pone su color rojo para simbolizar la pasión que sienten por el Reino de Dios, por la obra de su Maestro Jesús, y pone una lengua común, la misericordia y el amor.
Tenemos que afirmar con toda la fuerza de la palabra: la Iglesia nace en Pentecostés. La Iglesia se gesta en el vientre virginal de María, se consuma en la crucifixión y en la muerte de Cristo y nace en Pentecostés. Una vez que Cristo asciende al Padre, con el Padre, nos envía el Espíritu Santo, el que nos hace ser y por el Espíritu nosotros existimos y por el Espíritu nosotros vivimos y por el Espíritu nosotros podemos rezar. Por eso es importantísimo vivir con toda fuerza la fiesta del Espíritu Santo, la fiesta de Pentecostés. Todos necesitamos del Espíritu y todos podemos recibir el regalo de Jesús, porque sin el Espíritu, Dios queda lejos, Cristo permanece en el pasado, el evangelio es letra muerta, la Iglesia pura estructura, la autoridad tiranía, la misión propaganda, el culto mero recuerdo y la práctica cristiana una moral de esclavos, pero la fuerza que viene de lo alto viene a robustecer, viene a fortalecer y viene sobre todo para que cada uno de nosotros cumpla con la misión encomendada, para que seamos testigos de la presencia viva de Dios. En la solemnidad de Pentecostés, el soplo del Espíritu ocupa el papel protagónico, que con susurro de agua viva, agita el agua bautismal depositada en la cisterna de nuestros corazones. De ese modo, sacia la sed de oración que sentimos los que, sabiéndonos hijos en el Hijo, necesitamos invocar a Dios como Padre. Por otro lado, ya que a menudo solemos olvidar fácilmente las enseñanzas recibidas, y nos cuesta testimoniarlas con nuestras vidas, el Espíritu de la Verdad, comportándose como la memoria activa de Dios, viene en nuestra ayuda para curar nuestros olvidos, y recordemos que la perfección de la ley de Cristo es el amor. Que el Espíritu Santo que es el Amor convertido en un beso espiritual de fuego que nos acaricia el alma, nos impulse en todo momento y desde cada vocación, a colaborar activamente en la anhelada construcción de la civilización del amor. Y nunca tengamos miedo, sino que por el contrario tengamos alegría, fuerza y vigor, sobre todo en este mundo que está tan envejecido porque le falta el Espíritu ¡Feliz fiesta de Pentecostés! y que se renueve en cada uno de nosotros nuestro bautismo. Padre, Hijo y Espíritu Santo. Presbítero Armando R. Vera - Cura Párroco - Parroquia San Antonio de Padua |
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