Siguiendo a nuestros Obispos en Aparecida, nos exhortaron y llamaron a la Iglesia latinoamericana a Misión. La Misión debe ser permanente. En estos momentos los misioneros son importantes para despertar lo que debería ser un modo habitual de vida de los católicos: discípulo-misionero, como bellamente se expresa en el documento de Aparecida.
En estos últimos domingos del mes de julio, hemos escuchado mucho sobre la misión. El envío, la partida, el regreso, el compartir, el descanso, las necesidades del pueblo. Ahora, en los domingos siguientes, nos hacen entrar en el capítulo 6 del Evangelio según San Juan, que nos ilumina sobre el “pan de vida”. Sería bueno y oportuno mirar retrospectivamente sobre nuestro trabajo misional, como familias, como padres, como bautizados, a la luz de lo que hemos oído en los domingos anteriores.
Cuando procuramos actualizar la Palabra de Dios en nuestras vidas, ella nos señala la dirección hacia dónde dirigir nuestros pasos, pues, el Señor nos habla siempre al corazón y, como consecuencia, nos debe llevar a tener comportamientos y acciones consecuentes y coherentes con la fe que profesamos.
En el Evangelio de San Marcos (6,30-34), vemos la experiencia de los apóstoles que llegan a Jesús llenos de polvareda y llenos de alegría por las abundantes obras y bendiciones que se sucedieron durante la misión. Eso demuestra que el misionero tiene una base que es la comunidad para volver y compartir sus experiencias. De hecho, los discípulos están entusiasmados y llenos de voluntad de proclamar la verdad, que es Cristo, el camino que conduce a la salvación, el autor de la verdadera Vida. Por eso, Jesús nos invita para estar a solas con Él, en el silencio, para fortalecer nuestro corazón para la misión que debe continuar toda nuestra vida. En otras palabras nos invita a descansar del trabajo cotidiano con un tiempo de oración. Eso nos demuestra la manera de ser misionero en nuestros propios ambientes.
La misión sucede o acontece también, cuando nos detenemos para estar a solas con Jesús Maestro, luego del encuentro con las multitudes de personas y de las demandas de ella, que son tantas y muchas. Por ello, debemos estar en sintonía con el Maestro, con un corazón descansado en Él para escuchar, para comprender bien aquello que debemos anunciar. La misión no puede ser una rutina. Si en nuestros hogares, los esposos, los padres, los hijos, en fin, tienen esos momentos de estar a solas con Jesús Maestro, la vida de familia, como misión, será fecunda. No basta acudir a Jesús solamente cuando descubrimos que hemos errado el camino o nos hemos equivocado. Es necesario caminar con Él, pues Él, siempre permanece a nuestro lado. Las demandas de nuestro tiempo, las necesidades son grandes. Y Jesús nos enseña que aun siendo muchas las necesidades, es necesario cuidar la vida interior. Sin vida interior podríamos correr el riesgo de estar en la misión realizando técnicas y cansados, agotados y después quedarnos llenos de reclamos que no nos damos cuenta. Para dejarnos conducir por la Palabra, es necesario estar bien y con el corazón ligado a Jesús para fortalecernos, llenarnos de Él para ofrecernos mejor a los demás en el servicio o misión que tenemos conforme nuestros estados de vida. Nosotros ya tenemos lo mejor: ¡al mismo Jesús! Nada hay que supere este don precioso que tenemos para ofrecer. ¡Él, todo lo puede, y nosotros con Él, todo lo podemos! Basta creer en Él, confiar, lanzarse y comprometerse con Él.
Jesús tuvo compasión de las gentes. Ahí está el corazón de los misioneros: ver y conmoverse, sentirse impelido a salir al encuentro de las necesidades del otro. El misionero desea anunciar a Cristo en todo tiempo, porque sabe que no hay ni habrá nada mejor que pueda satisfacer las necesidades humanas más profundas. Ofrezcamos a Dios nuestras vidas, nuestros tiempos, aunque nos parezca poco, pero, consagrados a Cristo, todo se multiplicará. El Señor es suficientemente capaz y misericordioso para llenarnos con las más grandes bendiciones.
Quien anuncia la Palabra de Cristo nunca esta con las manos vacías. Tendrá siempre algo bueno que ofrecer a aquellos que se lo pidan.
Presbítero Armando R. Vera – Cura Párroco – Catedral San Antonio de Padua