Estamos finalizando el receso invernal. Muchos niños y jóvenes, también sus padres, aprovecharon este periodo para descansar, en casa o bien fuera de la ciudad, o en lugares más tranquilos y reconfortantes.
El exceso de obligaciones y de ocupaciones crea una presión constante sobre las personas. Asistimos hoy a una liberalización de leyes que afectan las horas de trabajo y sus limitaciones, frente a una demanda cada vez más frenética de producción y de consumo. Este asunto fue profundizado en el Encuentro Mundial del Papa Benedicto XVI con las familias en Milán.
Todo esto trae consecuencias en el campo espiritual: se da cada vez más un constante proceso de secularización y deshumanización de los domingos y días santos, como así también de las ferias.
No hay duda que existe un período para el trabajo y un tiempo para el descanso. El descanso no es solo un mandamiento legítimo, es también un tiempo bendecido en la Sagrada Escritura. Basta recordar el sentido del Día del Señor, del año sabático y del tiempo de jubileo.
Entonces, quien puede pasar unos días de descanso, debe hacerlo como una fuente de crecimiento, de regeneración espiritual. Es una manera de estimular a vivir con alegría. Nosotros tenemos una carencia natural de descanso, de tiempo libre y de diversión, teniendo en vista el estar inmersos muchas veces en una atmósfera de fatiga constante y de preocupaciones diarias con los quehaceres laborales. Eso es típico de nuestro tiempo de consumismo y que muchas veces, descansar puede parecer dejar de ganar, o considerarlo pérdida de tiempo.
El valor del descanso, por tanto, es ser un tiempo de descanso físico, psicológico, dando más tiempo para la vida espiritual, que nos hace descansar en el Señor. Son innumerables los beneficios de un tiempo libre bien organizado, y dentro de ellos podríamos destacar una grande conciencia ambiental, sea para el turismo en el campo, o también para lugares turísticos donde se aprecia la grandeza de las maravillas naturales, elevando el alma en gratitud al Creador.
Así, conociendo mejor la naturaleza que nos rodea – su belleza y exuberancia – podemos desarrollar la conciencia del deber cuidando toda la obra de la creación divina.
Los medios para disfrutar un tiempo libre son innumerables. Hay varias oportunidades que ayudan y contribuyen para una sana recuperación física, y hacen al beneficio de la propia salud corporal. De esta forma, la participación en eventos culturales y festivos, el deporte y la sana recreación se tornan parte de la vida cotidiana, como expresiones del tiempo libre.
Además, no deberíamos olvidar que el descanso tiene que estar imbuido con coherencia de vida cristiana, a la luz del Evangelio, y no ser solamente un estilo de vida hedonista o consumista. Es preciso construir un espacio inteligente y vital. De ahí, es necesario procurar un espacio de oración, meditación personal y buscar la gracia de los Sacramentos, especialmente de la Santísima Eucaristía. En esos momentos libres, podemos aprovechar, sin mayores obligaciones, meditar más y mejor la Palabra de Dios.
Los momentos de silencio, sea interior o exterior, es otro valor que debemos cultivar. En verdad, sólo en silencio podemos oír la profundidad de nuestra conciencia y la voz de Dios. Nos podemos ayudar, en esos momentos, a redescubrir y cultivar esta indispensable dimensión interior de la existencia humana.
De esta manera, tomar un tiempo libre para detenernos, escuchar, escucharse así mismo, o escuchar y meditar la Palabra de Dios, sería una gran bendición. Tener un tiempo para sí y para Dios, un tiempo para lo esencial, un tiempo para el Espíritu, un tiempo para la oración. Una mirada de amor hace del tiempo un espacio de eternidad.
Presbítero Armando R. Vera – Cura Párroco – Catedral San Antonio de Padua