Hemos celebrado el sábado 04 de agosto, a San Juan María Vianney (1786-1859), el Santo Cura de Ars, el modelo típico del pastor de almas, dedicado al anuncio de la Palabra de Dios y al ministerio de la reconciliación, a la oración y a la penitencia. El amor, que en ciertos momentos transfiguraba su rostro, tenía su fuente en la Eucaristía, de la cual era, al mismo tiempo, el celebrante y el adorador fiel. En ocasión del 150º aniversario de su muerte, año sacerdotal -2009-2010-, el Santo Padre Benedicto XVI, lo presentó como modelo para los sacerdotes hoy.
En el escenario de este mundo en gran transformación, el Sacerdote hoy, tiene que ser hombre de la Palabra de Dios, el hombre de los sacramentos, el hombre del ‘misterio de la fe’.
Como nos enseña el concilio Vaticano II, los sacerdotes ‘tienen el deber de proclamar el Evangelio de Jesús a todos los hombres (PO 4). Además, en esta proclamación, está también del deber de llevar a cada hombre, varón y mujer, de este mundo a un encuentro personal con Cristo. Esto se hace aún más indispensable hoy, el favorecer las posibilidades para que cada persona pueda realizar la experiencia de encuentro con Dios, y lo debemos hacer con una renovada esperanza, más allá de las adversidades de un mundo completamente secularizado, hedonista, materialista, ateísta e indiferente.
Las personas deben percibir en el sacerdote, más allá de su humanidad, algo maravilloso, al cual el está al servicio: su configuración con Cristo. En esta realidad se encierra su vital presencia en la celebración eucarística, cumbre de la vida de la Iglesia, en la que el sacerdote obra en la persona de Cristo. Qué desafío para el sacerdote hoy, el debe ser un hombre que está en contacto permanente con Dios, y el que nos lleve a realizar la misma experiencia de santidad.
Para ello, el sacerdote está llamado a vivir una auténtica renovación, que es posible y necesaria, y, también una plena fidelidad a la Palabra de Dios y a la tradición de la Iglesia, a la que sirve en su ministerio. Esta es la más sublime misión del sacerdote hoy: ser otro Cristo. “Jesucristo es él mismo, ayer, hoy y siempre”.
Pedimos a Dios, para que los sacerdotes puedan ser místicos, y, al mismo tiempo, dedicados en el servicio a los hombres, en sus angustias y alegrías, para que ellos se vuelvan santos y agradables al Señor, con una actitud de viva expresión de fe, en un seguimiento auténtico de Cristo, en un mundo complicado de lo descartable y superficial.
Finalmente, tenemos que orar, siguiendo el mandato de Jesús: “Rueguen al Dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha…”, recordando que incumbe a toda la comunidad cristiana el deber de fomentar las vocaciones para que se provea suficientemente a las necesidades del ministerio sagrado en la Iglesia entera.
Que San Juan María Vianney, patrono de todos los sacerdotes, interceda por nuestra Iglesia diocesana y repitamos junto a todos los sacerdotes, con el mismo fervor que del Santo Cura de Ars, las palabras que él acostumbra rezar: ‘Yo te amo, Señor, y mi único deseo es amarte hasta el último suspiro de mi vida’.
Presbítero Armando R. Vera – Cura Párroco – Catedral San Antonio de Padua