La garúa se descuelga de las nubes, el sol juega a las escondidas entre ellas mientras el vientecito que se las trae, debe cumplir con su cometido impuesto por el almanaque y con la urgencia que el caso requiere sopla como viento sur para poder aparecer con las heladas programadas y sin escrúpulo alguno descarga aquí y allá su equipaje caiga quien caiga de los pobladores del planeta tierra.
El hombre se cubre hasta con exageración para desafiar al aire libre y coloca una tras otra manta en su cama de tal suerte que los acolchados, superpuestos, parecen proponerse ahogarlo; los vegetales que están expuestos a lluvias y vientos helados, de no mediar una mano de hombre salvadora les espera a corto plazo la muerte para su follaje, consecuencia del fuerte frío y la posterior poda para su resurrección y los animales -exceptuando los domésticos, más o menos atendidos y cobijados- utilizan el mundo vegetal para protegerse más aún en invierno.
Debe ser como consecuencia de esos días que estamos pasando el por qué quisiéramos entrar en calor y sin quererlo debimos dejar la observación de la fría naturaleza que nos envuelve y ocuparnos de los comportamientos humanos en hechos políticos de trascendencia y, especialmente en uno, la destitución del presidente del Paraguay, Fernando Lugo a manos de un Congreso, sediento de vengar la jornada del 20 de abril de 2008, en la que el ex obispo (Alianza Patriótica para el Cambio) venció al Partido Colorado por el 41 por ciento de los votos al 31 por ciento que obtuvo Blanca Ovelar, un hecho que aparecía increíble para entonces y que resultó (ahora se confirma) toda una herida abierta para quienes gobernaron durante 61 años e hicieron florecer una dictadura en la figura de Alfredo Stroessner, que inició o se agregó a la triste lista de dictadores que soportó el Cono Sur.
Entonces no se trató de una elección presidencial más para el país hermano, que por algo fue denominada como histórica, en la que Lugo aglutinó a su alrededor a distintas corrientes políticas, incluyendo a algún partido tradicional, todos ellos opositores al coloradismo, lo que habla de un liderazgo personal, ingrediente más que necesario para ganar elecciones, al menos en nuestra América del Sur donde la figura presidencial cobra mucha fuerza.
Pero más allá del hombre y su éxito electoral, debemos admitir que la ciudadanía paraguaya y no solamente las clases más humildes con las que el ex obispo comulgó de tiempo, se desprendían de una servidumbre política producto del
acostumbramiento y hasta del temor hacia el régimen y aunque los vientos amenazantes le soplaran en contra, decidieron seguir al religioso en la esperanza de un mañana mejor.
Sin embargo aquella jornada electoral en que un David volteaba a un Goliath y tras hacerlo decía: “…ahora es el turno del Paraguay de los sueños, el Paraguay con muchos colores, el Paraguay de todos los rostros, el Paraguay de todos” y agregaba “Este pueblo de ahora en más será reconocido por su honestidad y no por la corrupción…” Literatura que, en el caso del ex obispo, sonaba a canto de sirena democrático y que acompañó con las promesas de campaña imprescindibles para que lo anterior suceda, promesas de campaña de Fernando Lugo que van desde la reforma agraria hasta acabar con la corrupción, esto en un país donde, por ese flagelo, es alto el grado de pobreza y atraso.
Evidentemente un hombre formado en las filas de la Iglesia que se mezcla accidentalmente con la política partidaria como para alcanzar la cumbre del poder político de su país y desde allí practicar las reformas anunciadas no pudo haber tenido la cintura política como para enfrentar un enorme problema como lo es el festival del reparto de tierras a unos pocos enraizados con el anterior régimen político y que no pudo ser solucionado en tiempos democráticos y aquí cabe reproducir a la historiadora paraguaya Milda Rivarola sobre el origen de la matanza de Curuguaty que fue el detonante que utilizó el congreso paraguayo para enjuiciar, condenar y destituir al presidente de la nación en un solo día.
Según ella, la transición democrática en Paraguay coincidió con una nueva concentración de tierras en manos de pocos y el país sigue siendo controlado por partidos de derecha con fuerte apoyo de terratenientes. Es que casi un millón de hectáreas se entregaron entre 1988 y 2003, tras la muerte de Stroessner de manera irregular -Durante el ejercicio en el poder del dictador, éste habría entregado casi siete millones de hectáreas de manera irregular a personas allegadas al poder, casi un 19 por ciento de la superficie del país- es un problema que no se ha podido resolver desde que llegó la democracia y menos hoy ya que es muy rentable tener un campo para la agroindustria y como Paraguay depende fuertemente de la agricultura y la ganadería, ambos sectores impulsaron el fuerte crecimiento de su economía en estos tiempos.
Cabría agregar que desde tiempo se han venido produciendo actos de ocupación de tierras “mal habidas”. En esta clasificación entraron las tierras propiedad de Blas Riquelme, ex senador del Partido Colorado y que en esta ocasión terminara su pretendida ocupación en masacre.
No pretendemos -por conocidos- reproducir los hechos puntuales que culminaron con la destitución de Fernando Lugo, sí decir que este ha sido otro golpe institucional en contra de la democracia que se produce en América del Sur, en la que sus gobiernos vienen trabajando con fuerza y ganas para poder perpetuarla creando instituciones regionales que la monitoreen y en ese sentido van logrando su propósito, sin embargo cada tanto se producen desviaciones mayores, como en el caso de Honduras y Paraguay y otras menores abortadas pero que la afectan significativamente, por ellos y tras la unanimidad del repudio de los países de la región que retiraron sus embajadores y la intervención de la OEA en cuanto hace al Paraguay y su golpe parlamentario, sí queremos detenernos en aquellas palabra del Lugo triunfador de 2008 “…ahora es el turno del Paraguay de los sueños, el Paraguay con muchos colores, el Paraguay de todos los rostros, el Paraguay de todos” y agregaba “Este pueblo de ahora en más será reconocido por su honestidad y no por la corrupción…”
Y nuestro pensamiento, como siempre, da lugar a la historia, esa historia que conocemos de los pueblos de la región que, casi sin excepción, desde sus albores debieron afrontar luchas internas y externas para ir delineando tierra patria y más aún, recibir esperanzados los aportes de civilización que, proviniendo allende los mares, fue colaborando a construir sociedades que necesariamente para su progreso, fueron dejando de lado prejuicios e inocencias lo que trajo aparejado otro tipo de desigualdad social de la que conocían y la aparición, como consecuencia de ello, de diferencias basadas en la mayor o menor aptitud de sus protagonistas en ejercer el materialismo a ultranza que en sus albores en algunos casos, fueron encontrando, antes en algunos pueblos, hasta hoy y todavía en otros, en la posesión de tierras en gran escala (latifundios) la variante de cambio para generar poder y utilizarlo de las mil formas posibles para hacer más profunda la lucha social y su consecuencia, los ataques a la democracia, la que si bien perfectible, es el paso mayor que se conoce para la convivencia de los pueblos.
”…Pero aún en vuestra hora final os sentiréis iluminados por la idea de que un Dios os trajo a estas tierras y os dio el dominio sobre ellas y sobre el hombre de piel roja con algún propósito especial. Tal destino es un misterio para nosotros porque no comprendemos lo que será cuando los búfalos hayan sido exterminados, cuando los caballos salvajes hayan sido domados, cuando los recónditos rincones de los bosques exhalen el olor a muchos hombres y cuando la vista hacia las verdes colinas esté cerrada por un enjambre de alambres parlantes. ¿Dónde está el espeso bosque?. Desapareció. ¿Dónde está el águila. Desapareció. Así termina la vida y comienza el sobrevivir… “(Párrafos finales de la carta del cacique Seathl, jefe de la tribu Wuwamish, al presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce (1885).
Aldo Rubén Gil Navarro
Director – Pregón Misionero