Hace muchos años atrás, antes de la Segunda Guerra Mundial, solíamos con mis amigas y mi hermana ir a Chiavari, (ciudad a 20 kms. de Margherita) que tenía un teatro: “El Cantero”, dotado de una maravillosa acústica, razón por la cual solía ser visitado por los artistas líricos más famosos de Italia.
Allí tuve la suerte de escuchar y aplaudir a la soprano Lina Paliughi, una cantante maravillosa, nacida en Nueva York, nieta de inmigrantes italianos oriundos de la Val de Aveto, en el norte de Italia, y emigrados a Montevideo, capital del Uruguay, a poco de ser independizada de la Argentina.
En Montevideo vivían muchísimos italianos, y Juan hacía colchones y allí una amiga de nombre María le mostró la fotografía de su hermana más chica que vivía en Borgotaro, él se enamoró y se casó por Poder y le envió 100 liras para los gastos del viaje.
Cuando María llegó a Montevideo, vestida de oscuro como usaban las emigrantes, casi como signo de tristeza por haber dejado su patria, en un primer momento él se sintió algo desilusionado, pero con el tiempo la pareja fue muy feliz.
La familia se trasladó a los Estados Unidos, a Nueva York, donde nacieron sus dos hijas: Lina y Flora.
Lina, que tenía una bellísima voz natural y la demostró cantando, maravillosamente bien, trozos de una ópera en una fiesta de la colectividad italiana de San Francisco, que se interesó para que ella pudiera hacerse conocer debutando en un concierto benéfico en ocasión de la inauguración del Hospital Italiano.
Desde aquel día empezó a estudiar canto con el maestro Doménico Bescia, de Trieste, que la instruyó en el solfeo.
La cantante Tetrazzini fue su verdadera maestra, que le enseñó de manera perfecta el arte del teatro lírico, tanto que, los diarios americanos la llamaron: “La pequeña Tetrazzini”.
Los ya célebres cantantes italianos, en “Tourné” en América: Claudia Muzio, Tito Schipa, Beniamino Gigli, la convencieron para ir a Italia; Lina tenía 19 años. Debutó en 1927 en Milán, interpretando el personaje de Gilda del Rigoletto de Verdi en el Teatro Nacional de Plaza Piamonte, que marcó el inicio de una espléndida carrera.
Antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, cuando se viajaba en los grandes transatlánticos, participó de varias “Tournes” cantando en las naves, que cruzaban los océanos de uno a otro continente.
En 1928 vino a Buenos Aires, donde reinaba en aquel entonces, otra soprano: Regina Pacini, que dejó las escenas para casarse con el Presidente Alvear.
En 1931, estuvo en Montevideo, la patria de sus padres y en Norteamérica en el “Metropolitan” de Nueva York, ciudad donde ella había nacido; en Sidney en Australia y en muchas otras ciudades del mundo.
Durante la Segunda Guerra Mundial participó con Beniamino Gigli y Tito Schipa en las manifestaciones que se realizaban en Plaza Belgioioso en Milán.
Casada con el tenor Primo Montanari, vivió con él en Milán en Vía Scarlatti Nº 12.
En 1965 dejó el teatro y se retiró al pueblo de su marido, Gatteo Mare, cerca de Rimini, donde continuó ocupándose de la música, instituyendo una escuela de canto, donde dictó su última lección pocos días antes de su muerte, el 15 de agosto de 1980.
Fue amiga de compositores como Umberto Giordano, Ricardo Zandonai, Ottorino Respighi; de actores como Ermete Zacconi; de cantantes como Ferruccio Tagliarino y de directores de orquesta como Arturo Toscanini.
Briosa e inteligentísima, como todas las mujeres de carácter era egocéntrica; se sentía, también en ocasiones de simples conversaciones, siempre la “prima donna” y esto es comprensible porque, además de una gran soprano, era también una gran actriz.
Dra. Teresa María Luisa Morchio de Passalacqua