Hoy en Oberá hace mucho frío y las llamas de la chimenea prendida desde la mañana, me hace recordar las frías noches del invierno en mi pueblo natal: Santa Margherita Ligure, cuando mi mamá reunía a sus amigas para tomar algo caliente y conversar de lo sucedido en el pueblo y en el mundo.
En el verano el grupo se reunía en la plaza adelante del negocio de mi mamá hasta tardes horas de la noche, mientras nosotros chicos, jugábamos en los jardines públicos.
Es allí donde oí por primera vez el nombre de Jeannie Watt, una alemana que vivía en Portofino. Había nacido en Glasgow (Escocia) y se había casado en Berlín con el barón Von Mumm, gran industrial, amigo del Emperador Guillermo II, del que llegó a ser Ministro Plenipotenciario y después Embajador del Kaiser en la Corte Imperial de Japón.
En 1910 Von Mumm, enamorado de la belleza de los lugares, compró al inglés Stephan Leech el castillo de San Jorge.
Desde este momento los Mumm vivieron períodos siempre más largos en Portofino, recibiendo cada vez más amigos extranjeros que italianos.
Cada tanto ella hacía subir al jardín del castillo a los niños de las escuelas elementales para ofrecerles una rica merienda.
Jeannie se expresaba correctamente en italiano intercalando a veces palabras del dialecto genovés.
El 6 de mayo, llegaron al castillo el Kaiser Guillermo II y la emperatriz Augusta Victoria.
Al estallar la Primera Guerra Mundial (1914-18) los barones dejaron el castillo y se retiraron en su patria alemana.
Terminada la Guerra volvieron a Portofino donde el barón murió en 1924. La baronesa vendió todos sus bienes que tenía en Alemania y se estableció definitivamente en Portofino con un sobrino y una secretaria.
Durante la Segunda Guerra Mundial los peligros fueron fuertísimos, pero ella siguió en su castillo.
En 1943 los peligros de su incolumidad eran más fuerte aún; pero ella no sólo no quiso abandonar su castillo, sino que, al saber que los alemanes habían minado el Puerto y que el porticato del café Exelcior era un depósito de proyectiles, artillerías y armas pesantes, y que en aquel momento la suerte de Portofino estaba en manos del capitán Reiner; la baronesa se presentó ante él rogándole de no dar la orden de una inútil destrucción.
El comandante no sabía si escuchar a la noble dama o cumplir las órdenes del Fürher. Al fin las minas no se activaron y los alemanes se fueron en silencio.
Este episodio fue comprobado por el comandante Reiner cuando volvió a Portofino como turista.
La baronesa murió en su castillo en 1953, a los 87 años, y fue sepultada en el subsuelo de la Iglesia de San Jorge, donde se puede leer el epígrafe del escritor Salvator Gotta: ”JEANNIE VON MUMM SALVÓ PORTOFINO DE SEGURA RUINA”
Dra. Teresa María Luisa Morchio de Passalacqua