El sábado 4 de agosto, no teniendo ningún compromiso laboral o social, todavía víctima de un catarro propio de esta época llena de altos y bajos climáticos, me levanté más tarde que de costumbre, contenta al mirar el sol, que brillaba algo velado por nubes transparentes y con un qué de triste y de dormido.
A pesar del catarro, que me persigue como cuando era una niña y mamá me curaba con “implasto” de semilla de lino; empecé a masticar hoja de pitanga, que me dejó una amiga, Rita, antes de salir de viaje para Brasil.
”El Territorio” ya estaba sobre la mesa, al lado del café con leche caliente y yo lo abrí maquinalmente; pero llegada a la pág. 23, dedicada a sociedad, me sobresaltó la fotografía de mi más querida amiga: Evelyn Vega, con los cabellos rubios sueltos bajo un sombrero de ala ancha, y la mirada seria, pero invitante.
Recordé que la había visto, por última vez, en la última Feria Provincial del Libro, mientras yo estaba escuchando los comentarios explicativos, que una médica pintora me hacía, para que entendiera y apreciara dos cuadros verdes de su autoría. No la quise interrumpir, pero saludé con la mano afectuosamente a Evelyn, con la idea de retomar en seguida nuestros kilométricos discursos sobre el mundo real y fantástico a la vez, para, como siempre, llegar a la conclusión que “nosotras éramos las mejores”.
Me pareció más delgada, lenta casi perdida más pensé que nuestra conversación la levantaría como siempre. Pero cuando logré liberarme de la pintora, no la vi más.
Lo sentí muchísimo porque tal vez podríamos haber retomado nuestras charlas telefónicas, llenas de fantasía, de locura y de amor.
La ausencia me entristeció. Para que los lectores comprendan de qué se trataba, explicaré brevemente nuestro modo de organizar el juego telefónico: llamarnos por teléfono para anunciar “el tema del día” que desarrollaríamos en la forma más fantástica posible; si nos intrincábamos en los juegos de nuestra fantasía, era cuestión de cambiar de tema o de rever el primero de atrás hacia adelante y les aseguro que el juego tenía despierta la mente como nunca.
Donde ella me vencía siempre no era en estas visitas telefónicas sino cuando participábamos de “cuerpo presente” a juegos de palabras organizadas en las formas más insólitas, cómicas o trágicas, como una “cadena” brillante o multicolor, que se perdía en un abismo sinfín, que significaba “continuará”.
Evelyn querida, ¿te diviertes y tienes alegres a los “angelitos” en el cielo azul, tal vez leyéndoles algún trozo de tus obras “No todo fue azul” o “Matices del alma”?. En el cielo podés terminar también y participar con los angelitos del libro que dejaste incompleto en esta tierra sobre cuentos fantásticos. Los ángeles entienden todo y te comprenden mejor que nosotros.
Dra. Teresa María Luisa Morchio de Passalacqua