Cerrándose el siglo XIX, más exactamente en 1897 el miembro corresponsal del Instituto Geográfico Argentino, agrimensor Juan Queirel, en la introducción de su libro “Misiones” (taller tipográfico de la Penitenciaria Nacional) da cuenta de quienes lo precedieron en historiar este territorio nacional, alejado, ignoto y hasta misterioso del que, después de conocerlo, quedaron hechizados de tanta belleza natural, y así desgaja los nombres de Peyret, “el que no pudo hacer más que recorrer el Alto Paraná hasta el confín de al República, visitando, de paso, los puntos poblados como Candelaria, Santa Ana, San Ignacio, etc.” Luego nombra a Lista, al agrimensor Hernández, al Dr. Holmberg, al ingeniero Davidson, al naturalista Niederlein y al naturalista Ambrosetti “tengo el gusto de conocer al Sr. Ambrosetti y de llamarme su amigo, pero si ni una ni otra cosa hubiera, simpatizaría con él por ver como él ha simpatizado con Misiones, como ha comprendido, cómo ha penetrado la belleza y el porvenir de aquel pedazo de patria argentina” y agrega “He aquí como da salida a ese entusiasmo al finalizar el relato de su primer viaje: “Misiones atrae: el que vaya y se establezca allí, se siente embargado, preso por esa sirena encantadora que difiere de la mitología porque no mata; el hombre se siente prendado, ante la exuberante naturaleza, goza pronto de bienestar por la feracidad de la tierra, que no espera sino la semilla en su seno que la ha de fecundar. Allí todo es bello y grandioso”, y reproduce a Ambrosetti y su visión de Misiones tras el segundo viaje que realizara el naturalista: “Pero pasado el barullo y la agitación de la llegada, ahora que vuelvo al reposo de la vida ordinaria y trato de transmitir al papel mis impresiones, siento sin querer una especie de nostalgia que me hace comprender que Misiones se ha apoderado de mí. Tengo otra vez hambre de contemplar esa naturaleza paradisíaca, haciéndome repetir sin querer la frase del Dr. Homberg que condensa esa impresión: “Volvería a Misiones solo por ver sus árboles”. “Allí el cerebro fatigado en los embates intelectuales de las ciudades, reposa para volver a vibrar con mayor fuerza en otro orden de ideas; allí se predispone a la poesía de la naturaleza virgen y pródiga y no a las elucubraciones lloronas de un tísico de gabinete; la vida parece renacer, se vuelve a vivir una vida nueva, llena de sensaciones desconocidas, donde se vigorizan simultáneamente el cuerpo con el cerebro.”
Ahora volvemos a Queirel, editor, contando el porqué de su libro: “… quise a mi vez contar lo que he visto, lo que he sentido en una región que tengo alguna razón para conocer medianamente y hasta mejor que todos los que de ella se han ocupado en libros… Hace once años que empecé a hacer mensuras en Misiones, y desde entonces,
raro ha sido el año en que no he tenido que ir allá a pasar largas temporadas, hasta de diez meses… Desde la mensura del Campo Comas, entre el Pirai Guazú y el Mini, que fue el primero que se midió en cumplimiento de leyes nacionales, he trazado muchas líneas en el Territorio, tanto en el Paraná como en el Uruguay, último río cuya costa no tiene secretos para mí. He delineado, por último todas las colonias del Territorio con excepción de Candelaria, Santa Ana y Concepción… Soy, pues, un observador aficionado, que cree que es un deber publicar sus observaciones, valgan ellas lo que valgan”¡ Y vaya si valen! Decimos por nuestra cuenta.
En el capítulo XXI titulado El Alto Uruguay explica cual era su flota para recorrer el Uruguay y pasar en cinco días las correderas Bahiano, Chico Alférez y Roncador, Borracho, Murciélago y Mbiguá, Canal Torto, Santo Cristo y Yacaré, Tres piedras, El Salto y Dorado y continuar recorrido.
”Haré la descripción de mis canoas: La capitana, en que iba yo con mi mayordomo Felipe, que gobernaba en la popa, era una chalanita en que apenas cabíamos los que íbamos. Medía 7,30 metros por 1,15. Era tripulada por dos hombres para el remo y el botador, y capitaneada por criollo brasilero, Seo Manoel, hermoso indio de atlética musculatura y fuerzas en proporción. La Martín Fierro (nombre simpático para los peones misioneros que tanto difieren de los gauchos platenses) era hecha de un tronco de timbó cavado y medía 10,30 por 1 metro. Cargaba 120 arrobas y la tripulaban tres hombres, dirigidos por el que yo consideraba como el almirante de mi endeble flotilla, Seo Bituca. Por último la mayor de todas las embarcaciones medía 10,80 metros por 1,15 y era también formada de un solo tronco de timbó. Cargaba 160 arrobas y la tripulaban cuatro hombres bajo las órdenes de Seo Guarumba, indio como los demás, pero como ninguno, grave y formal, en mérito de lo cual di su nombre a la canoa a su cargo”
Con esa flotilla canoera a fines del siglo XIX, Quierel le da la partida de nacimiento a nivel nacional a los Saltos del Moconá. “…estamos a una legua del Salto, pero ya oímos como un trueno subterráneo, el ruido que produce. En esa legua… el ruido subterráneo va aclarándose y de vez en cuando se oyen como cañonazos. Por fin un grito de alegría resuena en las embarcaciones. ¡El salto! Habíamos terminado la curva del río y alcanzándolo. Los peones dejaron sus botadores, quedando solo el de más a proa agarrado a una rama de sarandí, para impedir que la corriente se llevara la canoa, y así pudiéramos contemplar el primer despeño de aguas que tiene cuatro metros de altura. Estas aguas caen sobre una grada que forma la barranca pedregosa, y de ella, directamente a la superficie espumosa del río que con furia todo lo arrastra. Desde nuestras posiciones no podía distinguirse el salto en conjunto ya que no está atravesado al río, como es común a esos accidentes, sino paralelo a él. Para verlo mejor cruzamos hacia la parte oriental o brasilera. ¡Qué espectáculo! El que vimos… Toda la catarata, casi en línea recta apreció majestuosa a nuestra vista. Su parte más elevada me pareció ser su centro y de 7 metros de altura, siendo la longitud total del Salto de 2.500 metros. El derrame general de las aguas se opera casi verticalmente a lo largo del río a lo largo del río, reducido allí a un canal de 8 metros de ancho, limitado por barrancas de piedra. Hacia la parte argentina la costa forma una gran ensenada de un kilómetro de ancho, dentro de cuyo arco el lecho elevado del río se presenta poblado de querandíes y bañado por veinte centímetros de agua que es la que, derramándose en el angosto canal forman el Salto. En medio de las impresiones de novedad y admiración que el espectáculo produce, no se atina a tomar apunte alguno. Los sentidos se concentran exclusivamente en la contemplación del fenómeno y se deja instintivamente para después el trabajo de descripción. De todos modos las que el Salto produce en uno son de esas impresiones que no se borran fácilmente de la memoria. El ruido qué nos rodea es atronador y nos impone silencio porque habría que gritar para ser oído a un metro de distancia. Los vapores que se levantan del agua forman columnas como de humo, en las que, según el estado de la atmósfera o según el Sol las hiera perpendicular u oblicuamente, se pintan más o menos vivos los colores del arco iris. Esas columnas van disipándose sensiblemente a medida que se forman y sus vapores caen en forma de agua finísima. Entretanto, las aguas continúan despeñándose siempre, en forma de gruesos chorros en partes, en otras saltando los escalones de piedra de la barranca, más allá aparentando una gran sábana tendida sobre ella y guarnecida con bordados de espuma en sus orillas.”
Aldo Rubén Gil Navarro
Director – Pregón Misionero
Comentarios (1)
qué hermoso articulo!