En la cruz de Cristo, el hombre ha sido redimido y la experiencia de Adán se ha invertido: Adán, creado a imagen y semejanza de Dios, pretende ser como Dios con sus propias fuerzas, ponerse en el lugar de Dios, y así pierde la dignidad original que se le había dado. Jesús, al contrario, estaba “en la condición de Dios”, pero se ha abajado, se ha sumergido en la condición humana, en la plena fidelidad al Padre, para redimir al Adán que está en nosotros, y para restituir al hombre la dignidad que había perdido. Los Padres destacan que Él se hizo obediente, restituyendo a la naturaleza humana, a través de su humanidad y obediencia, aquello que se había perdido por la desobediencia de Adán.
En la oración, en la relación con Dios, abrimos la mente, el corazón, la voluntad a la acción del Espíritu Santo para entrar en esa misma dinámica de vida, como afirma san Cirilo de Alejandría, cuya fiesta celebramos hoy: “La acción del Espíritu nos quiere transformar por la gracia, en una copia perfecta de su humillación” (Lettera Festale 10, 4). La lógica humana, sin embargo, busca a menudo la realización de sí mismo en el poder, en el dominio, en los medios poderosos. El hombre todavía quiere construir con sus propias fuerzas la torre de Babel para llegar a la altura de Dios mismo, para ser como Dios. La Encarnación y la Cruz nos recuerdan que la plena realización está en el conformar la propia voluntad humana a la del Padre, en el vaciarse del propio egoísmo, para llenarse del amor, de la caridad de Dios y así llegar a ser verdaderamente capaces de amar a los demás. El hombre no se encuentra a sí mismo permaneciendo encerrado en sí, afirmándose en sí mismo. El hombre se encuentra solo saliendo de sí mismo, solo si salimos de nosotros mismos nos encontramos. Y si Adán quería imitar a Dios, esto en sí mismo no es malo, pero se equivocó en la idea de Dios. Dios no es uno que solo quiere la grandeza. Dios es amor que se entrega desde ya en la Trinidad, y luego en la creación. E imitar a Dios significa salir de sí mismo, darse en el amor.
En la segunda parte de este “himno cristológico” de la Carta a los Filipenses, el sujeto cambia; ya no es Cristo, sino es Dios Padre. San Pablo insiste en que precisamente, por la obediencia a la voluntad del Padre, “Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre” (Fil. 2,9). Aquel que se ha abajado profundamente, tomando la condición de esclavo, ha sido exaltado, elevado por encima de todas las cosas por el Padre, que le dio el nombre de Kyrios, “Señor,” la suprema dignidad y el señorío. Frente a este nuevo nombre, por cierto, que es el mismo nombre de Dios en el Antiguo Testamento, “toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: que ‘Cristo Jesús es Señor’, para gloria de Dios Padre” (vv. 10-11). El Jesús que se exalta es el de la Última Cena, que se quita las vestiduras, se ciñe la cintura con una toalla, se inclina a lavar los pies a los apóstoles y les pregunta: “¿Comprenden lo que he hecho por ustedes? Ustedes me llaman ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros” (Jn. 13,12-14). Es importante recordar esto siempre en nuestra oración y en nuestra vida: “el ascenso hasta Dios está en el descenso del servicio humilde, en el descenso del amor, que es la esencia de Dios y por lo tanto la fuerza verdaderamente purificadora, que hace al hombre capaz de percibir y de ver a Dios”(Gesù di Nazaret, Milano 2007, p. 120).
El himno de la Carta a los Filipenses nos ofrece dos claves importantes para nuestra oración. La primera es la invocación: “Señor”, dirigida a Jesucristo, sentado a la diestra del Padre: Él es el único Señor de nuestra vida, en medio de tantos “dominadores” que la quieren dirigir y orientar. Por ello, se debe tener una escala de valores en los que la primacía le pertenece a Dios, para decir con san Pablo: “Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Fil. 3,8). El encuentro con el Señor resucitado nos ha hecho comprender que él es el único tesoro por el que vale la pena consumir la propia existencia.
La segunda indicación es la postración, el “ponerse de rodillas” en la tierra y en el cielo, recordando las palabras del profeta Isaías, con la que indica la adoración que todas las criaturas deben a Dios (cf. 45,23). La genuflexión ante el Santísimo Sacramento o el arrodillarse en la oración, expresan una actitud de adoración ante Dios, aún con el cuerpo. De ahí la importancia de hacer este gesto no por la costumbre y con prisa, sino con una conciencia profunda. Cuando nos arrodillamos ante el Señor, confesamos nuestra fe en Él, conscientes de que Él es el único Señor de nuestra vida.
Queridos hermanos y hermanas, en nuestra oración fijamos nuestra mirada en el crucifijo, nos detenemos en adoración ante la Eucaristía con frecuencia, para hacer entrar nuestra vida en el amor de Dios, que se humilló a sí mismo con humildad para elevarse hasta Él. Al inicio de la catequesis nos preguntábamos cómo san Pablo podría alegrarse ante el riesgo inminente de su martirio y de su derramamiento de sangre. Esto sólo es posible debido a que el apóstol nunca ha quitado la mirada de Cristo, hasta imitarlo conforme a la muerte “tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Fil. 3,11). Al igual que san Francisco ante el crucifijo, decimos también nosotros: Altísimo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón. Dame una fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y discernimiento para hacer tu verdadera y santa voluntad. Amén (cf. Oración ante el Crucifijo: FF [276]). (Benedicto XVI, Audiencia General 27/06/2012).
Padre Armando Vera
Párroco Catedral San Antonio