Como podemos notar, desde hacia varios domingos, a partir del milagro de la multiplicación de los panes, el Señor Jesús nos habla bajo la figura del “pan”; más aún tiene la osadía de presentarse como el Pan de vida… no como el maná que comieron en el desierto y murieron, sino como el verdadero pan venido del cielo… y llega a decir: “el que coma de este pan vivirá eternamente”.
No sólo sacia el hambre del peregrino, sino que además promete la vida.
¡Que audacia la del Señor!… Su audacia y amor lo llevan a convertirse en alimento y a proclamar: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo”… ”El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”…
YO-PAN-VIDA, tres palabras fuertes. Jesús nos asegura que “él” y no otro es el alimento- el PAN- que puede dar VIDA a nuestra frágil existencia… ¡Cuantas veces arrastramos una vida material, afectiva y espiritual, raquítica y anémica! Debemos descubrir la fuerza de ese YO soy el PAN que da, alimenta y fortalece nuestra vida.
Sólo Jesús, y ningún otro puede colmarnos de sentido, de alegría y de esperanza…
Lo maravilloso es que el Dios cristiano, en lugar de quedarse en el cielo se hace hombre… De ahí el escándalo, la murmuración… ¿Si conocemos su familia…?
Hace falta fe para aceptar que Jesús ¡él mismo! con todo su ser resucitado, alimenta, sostiene y transforma nuestra vida presente y asegura la eternidad.
La fe es el fundamento de nuestra relación con Dios. Por eso Jesús antes de afirmar “Yo soy el pan de vida,” dice: “les aseguro que el que cree tiene vida eterna”.
Jesús no anda con vueltas, después de repetir hasta el cansancio, coman… cree necesario decirlo una vez más, en tono de advertencia: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes”.
Jesús nos quiere llenos de vida, de alegría de vivir. Dirá en otra ocasión: “Vine para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Para hacerlo realidad nos da un alimento excepcional, único. La oración es alimento, la Palabra de Dios es alimento… pero el alimento excepcional, único, insustituible es el cuerpo y la sangre de Jesús. “Yo soy el pan vivo… el que coma de este pan vivirá eternamente”….
Jesús no vino a darnos “unos cuantos consejos”: vino a darse a sí mismo para que tengamos vida..
¿Por qué esta insistencia del Señor para que comulguemos con su cuerpo y con su sangre? Porque quiere transformarnos, quiere que seamos como él. El que comulga se zambulle en el Viviente, en el Resucitado que es Cristo… ”Permanece en mi y yo en él”…
La comunión no es un lujo o un premio, es una necesidad… pero debemos evitar la rutina para que no sea un acto más dentro de la Misa… La comunión no es el punto final de la celebración; es el comienzo de un nuevo camino para dejar obrar a Cristo en nosotros, es comulgar con sus sentimientos, con su estilo de vida, con su entrega preferencial por los pobres, débiles y sufrientes… es abrirse a su Palabra, es procurar la comunión con los hermanos, es manantial de gracia para fortalecernos en nuestras debilidades.
Próximos a inaugurar el Año de la Fe es importante insistir en que ella es el fundamento de nuestra relación con Dios ¡Hay que creer en Jesús antes de comer su Pan de vida! Al que cree Jesús le asegura la vida eterna. Al que cree, él se le dará en comida. El que cree y come este pan vivirá eternamente.
Hagamos el bello propósito de acompañar más a Jesús sacramentado, muchas veces sumido en la soledad de los sagrarios y arrancarle tantas gracias como el quiere darnos desde el tabernáculo… Sí, el Maestro está ahí y te llama, no tengas miedo; ¡Ven y sígueme!
Presbítero Armando R. Vera – Cura Párroco – Catedral San Antonio de Padua