El Cofre de Chiche El niño bien y la curandera (Final)
Me referí anteriormente a los problemas que teníamos los jóvenes del ayer para relacionarnos íntimamente con mujeres de clase media o elevada. Eso sólo se hacía con chicas desposeídas o marginadas. Que un gran amigo mío de Río Cuarto, Alberto Donadío, de 17 años, de familia muy rica y distinguida, que tenía de todo, soñaba en convivir con una mujer de lujo o elevada.
Que tras muchos fracasos pensó en Mirtha L…. de 26 años, mujer fina y culta, que rechazó sus insinuaciones más que pícaras. Pero el joven se enteró que desesperada, buscando un novio serio y conveniente, Mirtha obedecía rigurosamente consejos de una famosa curandera: Doña Gertrudis, a la que el muchacho visitó ofreciéndole fuertes sumas de dinero si lograba que la joven accediera a sus pretensiones de tipo amorosas-sexuales.
Continúa.
Engolosinada con el fajo de billetes colocado sobre la mesa, doña Gertrudis reiteró: “No atiendo a mocosos, pero vos “me caes” muy bien y voy a hacer una “esesión”.
Donadío le habló de sus atrevidos proyectos: “Mirtha es mi obsesión y su clienta. Póngala a mis pies y tendrá mucho dinero más”.
La vieja, vivísima, respondió con calma. La cosa era difícil, por la dignidad y honradez de Mirtha. Que volviera a los 3 días, mientras tanto, lo pensaría.
Y la curandera maquinó, pensó, hizo trabajar su mente diabólica. Al regresar Donadío le aseguró el éxito, antes de un mes tendría a Mirtha en sus brazos.
Y comenzó su trabajo endemoniado. Cuando Mirtha volvió a su “consultorio”, preocupada porque la curación no surtía efectos y no conseguía novio, la palmeó cariñosamente diciéndole “lo que pasa es que sos muy tímida, vivís esquivando a los hombres y por eso ellos también te esquivan a vos. A los machos les gustan las hembras curtidas y “olen” de lejos que vos nunca te entreveraste con nadie. Metete con alguno si es posible joven, porque te anda haciendo falta sangre nueva. Hacélo y te van a seguir como moscas”.
Mirtha quedó aturdida ante la preposición. No se animó a contradecir a la curandera, y salió en silencio y abatida. Interiormente rechazó de plano la proposición. No podía ser en una chica como ella, pero en su afán por conseguir novio, dudaba y allí estaba el peligro.
Siguió visitando a la curandera, era su tabla de salvación y ésta dale: “si no “andás” con un hombre, no encontrarás al amor de tu vida”.
Mirtha seguía indecisa, estaba convencida de no hacerle caso, pero ante la insistencia de la vieja dudaba, pensaba demasiado. No quería desobedecer o chocar con la curandera que la atraía, confundía y dominaba con sus palabras, como pasa con tantas personas, algunas muy cultas, que caen en las redes de las manosantas y obedecen ciegamente sus dictados sin reparar en la estupidez o inmoralidad de cuanto se les propone, y lo hacen presas de un poder psíquico indomable.
Días después, cuando la curandera creyó que sus palabras habían surtido efecto y la mente de la chica ya no transitaba por los caminos de la normalidad, se entrevistó con Donadío y con toda desfachatez le dijo: “la tierra ya está arada, sólo falta la mano del sembrador. Atacá ahora…”.
Y el muchacho lo hizo. Continuas visitas a la casa, invitaciones a pasear o bailar, actitudes cariñosas y “jueguito va, jueguito viene”, una noche que sus padres se habían ido a una estancia que tenían en Berrotarán, un pueblo que está casi al norte de Río Cuarto, consiguió llevarla a su casa. Lo hizo a medianoche, los dos dolos, en el autito sport. Por supuesto que antes se encargó de enterarme bien, para que yo pudiera comprobar todo y tener así un testigo de la hazaña.
AL otro día temprano, entusiasmado me contó lo sucedido en el resto de la noche. Había conseguido algo casi imposible para un muchacho de su edad y de su época.
Yo no vi lo que sucedió en el interior de la vivienda. Sus afirmaciones podían ser falsas, mentirosas o agrandadas. Pero el hecho de haberlos visto salir solos a esa hora, el fervor realista que ponía en el relato y la sinceridad que siempre tuvo conmigo, ya sea para contarme éxitos o fracasos, me hicieron suponer fehacientemente que todo era cierto.
Más aún, un mes después me confesó que Mirtha comprendiendo que estaba obrando equivocada lo “mandó al diablo”, cosa que ya no le importaba. Durante veinte días había cumplido su sueño de convivir con “una mina distinguida y bonita”. Poco le interesaba ahora el desenlace final.
Tal la historia, que no buscar insertar picardía, sino mostrar un aspecto de la vida de los muchachos de antes, llena de incomprensiones, caminos cerrados y dificultades, pero capaz -por encima de procederes buenos o malos, correctos o incorrectos- de abrirnos paso en la lucha por convertir en realidad nuestras aspiraciones juveniles. Y ese quizás sea el mejor recuerdo que no queda de aquellas ingratas, difíciles, terribles, pero a la vez lindas e inolvidables épocas. Porque lo que Donadío pudo conseguir con viveza, plata y apellido, otros lo lográbamos también, sólo que con el apellido que nos dada el ingenio y la plata que salía de bolsillos llenos… de ilusiones y coraje.
Como final, me restaría pedir alguna compensación al “Sindicato de Curanderas, Manosantas y Afines” por la propaganda que les hice relatando el resonante éxito obtenido por doña Gertrudis, eso puede traerles más “trabajo”, aunque no creo que los muchachos de hoy necesiten recurrir a ellas para dilucidar esos tipos de problemas cuya solución encuentran a la vuelta de la esquina, en el asiento de cualquier auto o en la casa quinta de fin de semana.
Queda sólo ratificar la realidad y veracidad de esta historia que pudo parecer fantasiosa y hacer dudar de su certeza. Admito que aún a mí, relator y testigo presencial de la misma, me parece insólita, casi increíble, porque yo no creo en brujas… pero que las hay, las hay…
Enrique Gualdoni Vigo
Escritor
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