El Cofre de Chiche: El ensueño de una tucumana (I)

Lunes, 16 julio 2012 10:57

Muchísimas personas que conocen mis escritos sobre la vida de personalidades de Oberá o del ambiente, me preguntan por qué no escribo la historia de mi vida. Creo que se equivocan, por cuanto en más de 700 Cofres de Chiche, 415 de los cuales se publicaron en Pregón Misionero, he ido relatando decenas de pasajes que considero fueron en mayor o menor grado, trascendentes en mi vida, relatando sin ninguna clase de prejuicios, lo mucho que hice mal, lo poco que hice bien, pero siempre contando la verdad exacta de lo sucedido.

   Muchas de esas historias, que gustaron a los lectores, se refieren a amistades, sentimientos con aires de amoríos, romances pasajeros y otras vivencias similares que me tocó vivir en mi juventud y adolescencia, que no solo viví yo, sino que lo habrán vivido de manera igual o parecida, todos los lectores, porque son pedazos inevitables de los jóvenes de todos los tiempos.
   Me gustaría que no hubiera un solo lector que al leerlas pensara que se trata de una intención de lucimiento o una “fanfarronería” de mi parte, pero si quisiera que todos los lectores al analizarlas pensaran: “a mí me pasó algo similar cuando era joven” y sintieran nostalgia y emoción recordando pasajes de sus propias vidas, en esa época tan hermosa de la adolescencia.
   En mi época de joven, al igual que todos mis amigos de la misma edad, vivíamos un mundo íntimo rodeado de fantasías, deseos atrevidos y todos los sentimientos punzantes de nuestra condición de seres humanos de carne y hueso, llenos de corta vida y mucha inexperiencia.
   No tengo ningún inconveniente en expresar que sentía muchas atracciones por mujeres que oscilaban entre los 30 a 40 años, pero también me encantaban las jovencitas de mi edad (15 a 20 años). Pero a diferencia de la mayoría de los jóvenes de hoy, que se relacionan dominados por mucha concupiscencia, las chicas de mi edad, representaban para mí motivo de contemplación platónica de su belleza juvenil, una ilusión, una admiración de sus cualidades, la esperanza de un futuro limpio, feliz y hermoso y la posibilidad magnífica de un futuro matrimonio bello y regocijante.
   Por eso viví con ella muchos ardorosos y cambiantes romancecillos, como si con tantos cambios estuviera buscando a la muchachita ideal, para compartir con ella el resto de mi vida, logrando una felicidad ideal, por lo que sentía por “casa noviecita” un difícil pero completo respeto, como generalmente se estilaba en esa época.
   No sé si el método era el correcto, pero me dio resultado, porque por fin encontré luego en Oberá a la jovencita magnífica que fue mi esposa por más de 40 años y lo sigue siendo a pesar que Dios se la llevó hace unos años.
   Vaya hoy el recuerdo de uno de esos pasajes juveniles, ocurrido cuando con 19 años, casi en quinto año de abogacía, viviendo en Paraná, sin dejar de estudiar fui un año a trabajar con un tío, que tenía una importante empresa aseguradora en monteros, una ciudad tucumana, para ayudar a costearme los estudios.
    Un día, fui invitado al cumpleaños de un poderoso industrial cañero, cliente de mi tío, en un establecimiento azucarero del campo, en un pueblo vecino llamado Graneros, fiesta que se prolongó un domingo entero.
   Habíamos varios jovencitos y conocí allí a una hija del empresario, de 17 años, a quien podría adjudicarle todas las virtudes morales, físicas y espirituales que se pueden dar en una piba de su edad. No podría olvidar su nombre. Se llamaba Josefina Teresita Passadore.
   A la mañana, los jóvenes salíamos a recorrer la estancia, dedicando todo mi interés en la citada muchachita, que parecía responder a mis inquietudes, con quien con el pretexto de hacerme conocer un salto de agua, cometiendo un atrevimiento para ese tiempo, nos separamos del resto del grupo y nos dirigimos solos a observar la cascada, donde quedamos largo rato, sentados, respetuosamente, conversando y contándonos mutuamente cosas de nuestras cortas vidas, en un marco de alegría y agradabilidad.
   Cuando regresamos a almorzar, los otros jóvenes del grupo ya lo habían hecho. Mi tío me hizo ver haber escuchado cierto desagrado del industrial ante la ausencia de su hija, pidiéndome obrara con prudencia.
   El grupo de jóvenes almorzó unido, por lo que pude continuar cerca de Josefina, sin sobresaltos ni desconfianza.
   Terminada la comida, los jóvenes nos dirigimos a un arroyo cercano ya que era un día de verano tucumano, pero ahora los adolescentes que éramos unidos y solidarios en esa época, se encargaban de dejarnos solos y aparecer luego todos juntos al regresar a la casa, evitando cualquier sorpresa.
   Josefina me hizo saber que su madre le había reprochado nuestra estadía solos a la mañana y calculaba una buena reprimenda de sus padres cuando terminara la fiesta.
   De cualquier manera, quedamos conversado solos y tranquilos más de dos horas al costado del arroyo. Ahora con más confianza y complicidad de sentimientos nos manifestamos mutuamente la intención de iniciar un romance sano y sincero.
   Me hizo ver las dificultades que tendríamos para cumplir para cumplir con nuestros deseos, ya que estaba sometida a padres con pensamiento de la época medieval, que consideraban que una jovencita de 17 años no estaba en condiciones de mantener relaciones sentimentales con muchacho alguno, además sería muy difícil poder volver a encontrarnos.
   Estudiaba magisterio en un colegio privado católico, de monjas, de costumbres muy severas, donde estaba internada toda la semana, en la ciudad de Salta y solo salía los sábados a la tarde y los domingos hasta la noche.
   Por suerte en sus días de salida, paraba en casa de unos tíos, mucho más accesibles que sus padres, que le permitían salir por la ciudad de Salta con sus compañeras de colegio, dándole algo de libertad que nos permitiría encontrarnos, pero estábamos en enero y las clases recién comenzaban en marzo, de manera que estaríamos más de un mes sin poder vernos nuevamente.   Continuará.
Enrique Gualdoni Vigo
Escritor

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