Este, el 2018, es para Oberá un año significativo ya que se cuenta, calendario en mano, 90 años de vida institucional desde su fundación el 9 de Julio de 1928. Tanto como para ir señalando hitos sociales y culturales que conforman su historia y confirmen la voluntad de los obereños en “hacer algo por su ciudad” damos espacio a inquietudes y concreciones que justifiquen aquello que repetimos de que Oberá contaba y cuenta con calificado material humano. Un pequeño homenaje rumbo al centenario que repetiremos en próximas ediciones.
Hoy radiografiamos nuestra ciudad entre los años 1934/ 1940.

Oberá del 34: El primer cine de Oberá
Escribe Héctor Adolfo Moreira
(Publicado en el Suplemento histórico de P.M. del 9 de Julio de 1988.)
Oberá, allá por el año 1934 se extendía más bien hacia lo que hoy conocemos como Loma Porá, un viejo caserío con un famoso mirador , mudo testigo de muchas muertes inocentes Por calle Córdoba, cerca de lo que es hoy Kruyeniski, más o menos enfrente a lo de Marczuk, existía un gran salón de madera construido especialmente por Firevicius para cine.
Posteriormente se instaló allí el Centro Recreativo Juventud, pero de dos a tres años fue aquel su primer destino.
Para el funcionamiento del cine don Firevicius se asoció con don Witoldo Zahorski, que poseía un proyector, naciendo así el primer cine de Oberá, el Cine “Oberá”.
La inocencia de mi infancia –como tal vez la de todos los niños de aquella época- que no conocieron la televisión ni los teleteatros; donde todavía nuestras familias practicaban obligatorios retiros espirituales y cuidaban de muchas formas la pureza del espíritu y la niñez, hacían que estas películas del cine mudo fueran impresionantes, conmovedoras, tiernas, realistas y que nos movieran a festejarlas con grandes carcajadas o con escondidas lágrimas.
El cine de don Zahorski pasaba películas del cine mudo. Los domingos veíamos primero la serie de “TARZÁN”. Recuerdo que estuve una semana preocupado por saber lo que había ocurrido a Tarzán después de haber caído a un foso tramposo, cubierto de paja por los indios.
La señora de don Witoldo, vendía las entradas siempre sonriente para los niños. En intervalos servía “Bolita”, bebida dulce de la época que tenía en el pico de la botella una bolita. Era muy difícil olvidar sus ojitos de esmeralda , su amabilidad y sus gestos naturales, propios de una persona de origen ruso. Tomábamos nuestra bebida sentados junto a una mesita que había en el salón, para los intervalos. Mientras nos servía, ella nos decía suavemente: “Despacio, despacio que después apaga la luz y viene muy lindo…
Indudablemente, después de Tarzán venía Carlitos Chaplín, y nosotros, grandes y chicos, volvíamos muy felices todos los domingos… “Despacio, despacio, el domingo que viene, viene muy lindo, viene muy lindo”

Doce años después
Escribe Aldo Rubén Gil Navarro
(Publicado en P.M. el 9 de Julio de 1978.)
Oberá y yo iniciamos relaciones en el mes de diciembre de 1940. Pisé este suelo de tierra roja a los doce años de su fundación. Conocí a los, pioneros y la fisonomía de una incipiente ciudad que sería merecedora de recibir el nombre de “Capital del Monte” y estar, en su cincuentenario, ubicada en el primer lugar entre las ciudades del interior de la provincia de Misiones.
Tenía catorce años cuando llegamos. Mi padre sería el primer abogado obereño y mi madre ejercería la dirección de la escuela nacional Nº 173 de Picada Vieja, reemplazando a doña Barbarita Ponce de Lindström quien obtuvo el traslado a la ciudad.
La visión de un mundo totalmente nuevo fue para mí un impacto que no olvidaré, basta para comprender para ello la abismal diferencia existente en ese Oberá del ayer y la Capital Federal.
Ahora, a 38 años, no me resulta muy fácil dar una visión panorámica de aquellos primeros tiempos, sin correr peligro de entremezclar recuerdos y, por supuesto, cometer omisiones.
Esta coqueta ciudad que muestra orgullosa sus plazoletas, sus luces de mercurio, sus avenidas, sus modernos edificios y su incipiente vida nocturna eclipsa por cierto la perspectiva del viajero llegando al destino de su viaje en 1940. Allí, entre terrenos baldíos, se alzaban como un desafío al futuro, casas de tablas, levantadas por pobladores que creían en él.
El surtidor de nafta de don Carlos Szewald, Don Vito Graziosetti, instalado con su panadería poco antes de la esquina en que está hoy el Banco de la Nación. Don Héctor Barrere con su oficina de seguros por mitad de cuadra y la presencia de don Paco Ayala, con su legendaria tienda Santa Rosa, cuyo local fuera demolido recientemente.
Saliendo de la Avenida Sarmiento y yendo a la actual calle Estrada, estaba el edificio de Correos con su pintoresco “atadero” de caballos y, dentro de la oficina la figura que ya pertenece a la historia del “gordo” Nicola. Sobre la actual Santa Fe la vieja cooperativa Agrícola.
La plaza San Martín con sus viejos árboles, banquitos confidentes y un molinete para ingresar en ella, continuando allí la presencia del monte.
Y aquella circulación ciudadana en la que el incipiente parque automotor, pretendía ir reemplazando a los carros “polacos” y a los tirados por bueyes, junto a caballeros de a caballo, que lo podían ser también los que los arrendasen en el antiguo matadero.
Un servicio de colectivos a Posadas, inestimable aporte pero cuya eficiencia estaba en relación directa con las inclemencias del tiempo y las malas condiciones de la ruta y al que puso a prueba el especial empeño de don Ralf Singer que para vencer la ”arribada” de Villa Svea, cuando arreciaban las lluvias, creó un engendro mecánico, especie de remolque, al que la jerga popular bautizó “yacaré”.
Puentes que no entendían de “cotas” y que dejaban de serlo con las crecientes, como Mártires, San Juan y Garupá y que posibilitaban entonces el manejo ”a ciegas” acertándolos entre las aguas, previa sacada de la correa del ventilador.
Oberá de la década del 40, con la farmacia de don Lindolfo Debat, la escribanía de don Pedro Moscón, el estudio jurídico del Dr. Orlando Gil Navarro, el sanatorio del Dr. Faustino Bertoldi, la farmacia de don Eugenio Rodríguez, el puesto de venta de nafta de don Walter Carlzon, la Casa Italiana de los señores Morchio , los seguros de don Avelino Bravo, la peluquería de don Abrilino Lima, la Ford de don Enrique Boldú, la Chevrolet de don Humberto Kruel, la parrilla de don Atilio Bacchín, el inquieto aparecer de los periódicos, Oberá de don Irineo Moreira y El Vocero Regional de don Lloyd Wickström y, despertando la siesta lugareña, los ritmos y anuncios comerciales propalados por el parlante de don Andrés Díaz.
Nombres y lugares comunes para los obereños de ayer y que se van perdiendo en el tiempo y adquiriendo por lo tanto la nostalgia que producen los recuerdos.

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Categorías: Columnas de Opinión

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