Al cumplirse el 30 de noviembre un año más de su nacimiento del héroe misionero, Andrés Guacurarí y Artigas, creemos un deber profesional como historiador, recordarlo, no con una profusión de datos repetidos, sino en forma amena, sin que por ello pierda sustancia de rigorismo histórico, resultante de investigaciones profundas, para al menos acercarnos a lo prometido recurriremos una vez más a nuestro archivo en su sector de herencia paterna con la ilusión de encontrar el documento del ayer que permitiera abrir la nota en deseado y otra vez no fuimos defraudados, valiéndonos del número de ficha 33.653 hallamos “La cuna de Andresito” un artículo periodístico publicado en el diario “El Territorio” escrito por Fernando Alegre en 1969 de quien dice el diario: “En lo que hace a sus conocimientos sobre Andresito son muchos, habiendo recogido los datos que le proporcionó su tía, Jacinta Trindades. Es un inquieto investigador de hechos históricos de Misiones.
Cuando recordamos al prócer misionero, Comandante Andrés Guacurarí y Artigas y el nacimiento de la bandera de Misiones, debemos hacernos una reflexión íntima en el sentido de saber que estamos venerando símbolos de la historia misionera que, en el caso de Andresito, ha hecho posible que estemos habitando este próspero suelo de una de las provincias argentinas que más se brindó a la causa de la libertad y de la independencia y que tuvo en el prócer el ejemplo mayor de amor a su terruño nativo.
Misiones ha tenido en la figura de este alto valor histórico un denodado defensor de sus fronteras. Largas y cruentas luchas llevó a cabo Andresito, ya para defender su suelo, o para reconquistar los territorios perdidos.
El 30 de noviembre de 1778 , nació Andrés Guacurarí, adoptado por el caudillo oriental Gervasio Artigas, pasó a llamarse Andrés Artigas o Andrés Guacurarí y Artigas, pero fue más conocido como Andresito. Hablaba y escribía correctamente el castellano, el portugués y su guaraní nativo. También era músico.
“Andresito era de baja estatura pero robusto y bien proporcionado con las innatas condiciones del caudillo, capaz de soliviantar a los hombres de su raza en cualquier circunstancia como buen indio guaraní. Andrés era callado y taciturno. No sabía reír. Apenas dibujaba de vez en cuando una sonrisa en sus labios carnosos, su rostro era ligeramente lampiño y cobrizo. De ojos pequeños, en cambio de un fulgor singular con signos inequívocos del valor.
“Baqueano y rastreador conocía los vados de los ríos o las sendas que permiten avanzar entre los juncales y bañados como también en las espesuras de las selvas, era sagaz y astuto, sabía leer y escribir, lo aprendió con un cura de Santo Tomé al que servía de monaguillo, fue un gran caudillo y patriota quien con sus lanceros defendió esta frontera de la Patria, como Güemes defendiera con su espada los límites septentrionales de nuestra tierra, con su arrojo atrajo a su pueblo y miles de lanzas se levantaron en alto en los pueblos guaraníes desde San Javier, Candelaria, Loreto, Concepción, todo el norte de la provincia de Corrientes y la costa brasileña, donde su bravura legendaria dejó impresa su grandeza en defensa de un pueblo a principios de nuestra independencia en el año 1816. Es el mayor de los próceres de estirpe misionera por excelencia y de importante dimensión política como guerrero y líder en la lucha por la redención de estos pueblos misioneros.”
“Se llamaba Andrés Guacurarí, firmaba oficios y proclamas con ese nombre y se lo conocía comúnmente con el diminutivo de su nombre pero no han faltado escritores que dieron en llamarlo ”Andrés Tacuarí”. Nació en el pueblo de Sao Borja el 30 de noviembre de 1778 cuyo registro bautismal se encuentra en el Catastro del obispado de Uruguayana, pero se conoce igualmente este hecho por un bando publicado el 30 de noviembre de 1818 por el Cabildo de la ciudad de Corrientes invitando al pueblo a concurrir a la iglesia de la Merced para conmemorar con misa el día del onomástica del caudillo guaraní gobernador a la sazón de la provincia por voluntad y mandato del general José Artigas.” (1)
Sus campañas militares fueron cuatro: 1) Campaña del río Paraná contra la invasión paraguaya (1815); 2) Primera campaña del río Uruguay contra la invasión luso brasileña (1816); 3) Campaña de Corrientes en defensa del federalismo (1818-1819) y 4) Segunda campaña del río Uruguay contra la invasión luso-brasileña (1819).
Pasemos a reseñarlas:
Su punto de partida histórico data de su actuación en Yapeyú como comandante de milicias, título que había otorgado Artigas a su hijo adoptivo Andresito. Corría el año 1815 y a pesar del decreto dictado por el Director Supremo Gervasio Antonio Posadas, por el que se anexaban a Corrientes los pueblos misioneros, éstos no se incorporaron a aquella provincia.
Pese a las dificultades que debió afrontar, Andresito logró formar un ejército y con él ganar para el gobierno los pueblos de Loreto, Santa Ana. San Ignacio Mini, Candelaria y Corpus que estaban bajo el mando del Paraguay.
Su segundo propósito fue reconquistar los pueblos que tomara Portugal en 1801.
En 1816 Andrés Guacurarí (Andresito) cruza el río Uruguay con 1000 hombres en territorio misionero de la banda oriental del río Uruguay y tras un triunfo en Sao Joao Vello lanzó una proclama a los siete pueblos misioneros “Andrés Guacurarí y Artigas, Capitán de Blandengues y Comandante General de la Provincia de Misioneros por el Supremo Gobierno de la Libertad”… ”Que concurría para liberar los siete pueblos de esa banda que desde hace 15 años atrás están en manos del portugués que hizo gemir a los infelices indios en la más dura esclavitud”… ”derramar hasta la última gota de sangre por su liberación”… ”¡Ea, pues, compaisanos míos; levantad el sagrado grito de libertad, destruid la tiranía!.
Contando con el apoyo de los indios misioneros, obligó a los lusitanos a replegarse en San Borja. La situación hubiera resultado sumamente favorable para Andresito de no haber mediado la llegada de Abreu en ayuda de Chagas. Esta nueva fuerza muy superior, arrolló a Andresito y sus tropas que debieron traspasar el río y volver a Yapeyú. Fue entonces cuando los lusitanos decidieron invadir los pueblos misioneros orientales, quemarlos y arrasarlos, junto con sus iglesias y estancias.
El primer encuentro en Itaquí resultó una derrota para Andresito empeñado en defender estas tierras. Desde allí los portugueses decidieron terminar con Yapeyú al que saquearon.
Andresito enfrentó y hostigó al invasor obligándole a retirarse, aunque no sin antes haber depredado y saqueado los pueblos a su paso.
Lo realizado por los lusitanos fue emulado por el dictador Francia del Paraguay que ordenó el saqueo y destrucción de Loreto, Candelaria. San Ignacio Miní, Corpus y Santa Ana.
Pese a las dificultades que debió afrontar, Andresito logró formar un ejército y con él ganar para el gobierno los pueblos de Loreto, Santa Ana. San Ignacio Miní, Candelaria y Corpus que estaban bajo el mando del Paraguay.
Su segundo propósito fue reconquistar los pueblos que tomara Portugal en 1801.
Ni siquiera estas terribles acciones amedrentaron a Andresito y es así como en 1819 tras cruzar nuevamente el Uruguay penetró en territorio brasileño donde obtuvo algunos éxitos hasta que cayó prisionero siendo remitido a Río de Janeiro, donde se cree murió en prisión aunque existen otras versiones sobre su muerte.
Una verdad irrefutable es que al morir Andresito, murió la causa de la liberación de los indios misioneros que junto a él sostuvieron por tiempo la reivindicación de estas tierras, codiciadas y rapiñadas por sus vecinos.
Y si la batalla de Mbororé, protagonizada por miles de guaraníes en defensa de su suelo nativo perfectamente motivados por los padres jesuitas, las campañas de Andresito tienen el alto significado de haber permitido, mediante ellas, la integridad del actual territorio misionero.
Imbuido del valor federal que movió a su padre adoptivo. Gervasio Artigas no titubeó en ningún momento en seguir con absoluta lealtad y fe la lucha del caudillo oriental por la reivindicación no solamente de este suelo, sino de sus habitantes, los guaraníes, de quien Andresito es sin duda el mayor exponente.
Vaya si no tiene méritos como para que los misioneros tomen de su vida un constante ejemplo.

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Categorías: Columnas de Opinión

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