Próximos a vivir la XXXVIII edición de la Fiesta Nacional del Inmigrante y con el fin de rememorar la hazaña colonizadora de los pioneros inmigrantes sucedida en esta zona de tierra fértil y por ello mismo agreste; en homenaje a ellos, esa su hazaña que pretendimos perpetuar en nuestro primer libro de la Historia Viva de Oberá y como sensible recordación para sus descendientes, reproducimos hoy la nota que publicáramos el 6/11/2006 y que así decía:
“Cerrado que fue el último capítulo del libro que titulamos “Un lugar llamado Yerbal Viejo”, mucho nos costó salir de esa suerte de microclima tan especial en el que vivimos. Es que más de un año de trabajo, 461.000 caracteres, 73.247 palabras acondicionadas en veintidós capítulos, ubicadas en 2.309 párrafos es toda una performance , y, como para salir de ese auto creado microclima, o tal vez queriendo no salir de él, nos fuimos a “recalar palenques” allí donde está la pileta de camalotes que, tal vez como contención a tanto sentimiento encontrado que nos pudo despertar tanta emoción, “reventada” en tanta página o, quizás, solamente como para que le prestemos atención, nos obsequió con doce flores, esas azules, alargadas y enhiestas (por un día).
De todas maneras, fuere como fuere el porqué de mi presencia allí… eso me dio lugar a rememorar algunos pasajes del libro, sobre todo en los relatos de las pioneras y los pioneros que, casi sin nada, corrieron la aventura en plena selva. Esa selva que, románticamente se presta a las muchas poesías que por ella se han forjado. Gaucha como ninguna en brindarse en su madera al intruso, pero amenazante cuando brindaba, sus troncos, sus ramas, sus hojas, sus descampados para que en ellos se alojaran alimañas, insectos, animales menores y mayores, una muy rica colección que guardaba celosamente en su interior.
¡Qué decir de los mbarigüíes, mosquitos que producían escozor e hinchazón en los lugares descubiertos del cuerpo y que se ensañaban con el recién llegado, con las moscas de “ura”, los piojos, las pulgas, las hormigas “corrección” y “mineras” que todo lo devoraban, las víboras” yayará” o “cascabel”, que, con sus mordeduras ponzoñosas podían provocar la muerte y con los temidos animales de la selva”
Aquellos pioneros, aislados en el monte, sin recursos económicos, sin caminos, sin fuerzas de seguridad, sin alimentos permanentes, sin remedios, sin médicos, podían asumir dos actitudes: o bien encomendarse a Dios y enfrentar sacrificios, temores y sufrimientos, o emprender el regreso a casa, lo que hicieron los menos, siendo los más los que se quedaron”.
Todo ese peligro, todo ese riesgo que corrieron aquellos que en sus mocedades protagonizaron la gran aventura, sobre todo quienes vinieron de Europa a Yerbal Viejo, en uno u otro testimonio recordaron con nostalgia aquellos tiempos en que no tenían nada pero lo tenían todo si se empeñaban en tenerlo y todo ello en un mundo nuevo donde, poco a poco, la solidaridad fue abriéndose camino y la palabra tenía más valor que un documento.
“Y fueron esos más que se quedaron los que, en corto tiempo histórico, enraizaron los lazos de solidaridad entre colonos; fueron encontrando antídotos para los males y contando con la ventaja de una tierra fértil que cultivaban sus fuertes brazos, ingresaron al embrujo de la yerba mate que plantaron, cosecharon y se ingeniaron para poder “zapecarla” y no sin soportar sobresaltos, casi sin proponérselo hicieron de ella y con ella la columna vertebral de esa su economía regional, construyeron caminos en cooperación, obtuvieron destacamentos policiales y escuelas, recibieron maestros, comerciantes, profesionales y entre éstos, médicos y farmacias para suplir a los parteros, curanderos y médicos improvisados que cumplían esa benemérita labor hasta entonces…”
Estos párrafos en letra cursiva son la reproducción de la página 246 de la presentación del capítulo 18 “Los pioneros cuentan su historia” y como para que no nos hagan un auto juicio por plagio, lo dejamos ahí y volvemos a la pileta a hablar con nuestras plantas acuáticas.
Allí nos pusimos a pensar en esa necesidad que tiene el hombre de ser protagonista, sea en la esfera que fuere y, en ese sentido aquellos pioneros lo fueron ¡y cómo!, por eso los que hacen un balance de vida no se quejan, por el contrario, cultivaron y valorizaron su chacra, allí nacieron sus hijos, y con sus brazos, sin censuras, hicieron su vida en libertad y eso vale.
Al terminar las casi doscientas páginas de la segunda y última parte de “Un lugar llamado Yerbal Viejo” nos hemos transportado a un tiempo, a un lugar, a un grupo humano que vio amanecer sus días y cerrarlos sin el estrés que la vida ciudadana de hoy nos regala y en todos y cada uno de los actos de aquella gente nos parece volver a la vida, a esa vida que juega al todo o nada pero exenta de sofisticaciones y, aunque parezca mentira que viviendo como vivimos en un mundo con tantas comodidades, con tantas facilidades, con tantas posibilidades, sentimos cierta envidia por la vida que hicieron aquellos primeros, tiempos en los cuales allí estaban porque querían estar y se debían solamente a si mismos, sin esta asfixiante esclavitud psíquica que, impenitentes trepadores, nos devora en la caldera de la ambición sin límite.
De repente nos viene a la memoria algo que leímos en (“Escenas de la vida post moderna”) de Beatriz Salvo: La Argentina, como casi todo Occidente, vive en una creciente homogeinización cultural, donde la pluralidad de ofertas no compensa la pobreza de ideales colectivos, y cuyo rasgo básico es, al mismo tiempo, el extremo individualismo. Este rasgo se evidencia en la llamada “cultura juvenil” tal como la define el mercado, y en un imaginario social habitado por dos fantasmas: la libertad de la elección sin límites como afirmación abstracta de la individualidad, y el individualismo programado. Las contradicciones de este imaginario son las de la condición posmoderna realmente existente: la reproducción clónica de necesidades con la fantasía de satisfacerlas es un acto de libertad y de diferenciación. Si todas las sociedades se han caracterizado por la reproducción de deseos, mitos y conductas (porque de ellas también depende la continuidad), esta sociedad lo lleva a cabo con la idea de que esa reproducción pautada es un ejercicio de la autonomía de los sujetos. En esta paradoja imprescindible se basa la homogeinización cultural realizada con las consignas de la libertad absoluta a elección”.
“La pluralidad de ofertas no compensa la pobreza de ideales colectivos, cuyo rasgo básico es al mismo tiempo, el extremo individualismo…”
“La libertad de la elección sin límites como afirmación abstracta de la individualidad, y el individualismo programado…”
Y mientras se puede pensar que bastante complicaditos estamos como para complicarnos más aún, reprodujimos dos párrafos del libro indicado, para pensarlo.
Se nos dirá que todo tiempo pasado aparece como mejor, verdad irrefutable ya que aquellos obstáculos de entonces los hemos vencido, pero de todos modos insistiremos en nuestro pensamiento de que la vida cara al cielo e iluminada por las estrellas y la luna, se nos antoja más placentera, por ello volvemos a lo nuestro, vibrantes páginas que ilustran como de la nada se hizo todo, vibrantes páginas que describen un perfil humano, vibrantes páginas que muestran la unidad poblacional de un mosaico de nacionalidades, vibrantes páginas que exaltan la colonización de Yerbal Viejo, antesala de Oberá.
De todos modos se puede advertir que seguimos inmersos en el microclima auto creado. Por algo en la “postal íntima” que ofrecemos y por la que nos deslizamos, decimos: Oberá y yo iniciamos relaciones en el mes de diciembre de 1940. Pisé este suelo de tierra roja a los doce años de su fundación, conocí a los pioneros y la fisonomía de una incipiente ciudad.
No hay duda, motivos emocionales no nos faltan para que a través de “Un lugar llamado Yerbal Viejo”, nos presentemos tratando de saldar una vieja cuenta de afectos con esta ciudad y su gente.
Y mientras nos conformamos del incoformismo que es propiedad de los humanos, optamos por regar los camalotes que ellos también tienen sus necesidades y la principal es contar con agua ya que en ella y por ella viven.

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Categorías: Columnas de Opinión

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