El 27 de julio de 2006 –hace poco más de 10 años- escribíamos una de nuestras notas editoriales producto de la euforia con que sentíamos invadir nuestro cuerpo, primeramente positiva, con el regreso de la democracia en 1983, luego negativa (si es que puede ser) con el peligro institucional que se vivió en 2001, año que produjo la sucesión de cinco presidentes de la Nación en una semana, pero más que ello, ante el temor de una disolución nacional fruto de encendidas pasiones políticas que, en lugar de converger ideologías y comportamientos para un mañana mejor, produjeron con su intemperancia un virulento panorama de cono de sombras que amenazaron la institucionalidad constitucional, columna vertebral del andamiaje democrático.
Por ello y considerando que viviendo democracia, primero están las instituciones y luego los hombres, y próximos a vivir el paraíso político democrático que debiera significar en un año electoral la posibilidad de expresión del ciudadano con su voto y fieles a nuestro principio “En el camino de la vida, fija tu mirada hacia el futuro, sin olvidar volver tus ojos al pasado, así lograrás equilibrio en el presente” es que reflotamos aquellas líneas con el fin de contribuir –eso creemos- con apenas un granito de arena más a ese proceso electoral, venido hoy en previas campañas políticas.
Así escribíamos entonces:
En esas divagaciones de medianoche-madrugada- horas en que la realidad se entremezcla con la quimera y en las que las neuronas luchan por el descanso, se nos apareció en nuestra pantalla mayor una figura traviesa que muy oronda se presentó como la contemporaneidad, tal vez aprovechando ese estado tan particular en el que ambulamos cuando estamos entre despiertos y dormidos.
Sin duda prevaleció el día ante la noche ya que esa palabra, contemporaneidad, se nos volvió a presentar a la mañana siguiente con lo que cobró cuerpo, lo que no logran las palabras que emitimos en nuestros sueños y que se diluyen ante nuestra desesperada esperanza de recordarlas.
Fue cuando nos vino a la memoria aquella columna que escribíamos allá por los setenta, ¿ochenta? en Pregón Misionero y que titulábamos “Rogelio, el hombre que razonaba demasiado” y empleando lógica y técnica “rogelina”, con la que nuestro personaje de entonces- creyéndose émulo de los sofistas griegos- iba desarrollando sus pensamientos, comenzamos a deducir: contemporaneidad igual a cualidad de contemporáneo; contemporáneo: igual a perteneciente o relativo al tiempo o época en que se vive.
La entidad e identidad ya confirmadas de la palabrita en cuestión, nos hizo que la tomemos en serio. Aquella feliz aparición se debió sin duda al angustioso llamado de nuestro subconsciente que, debido a su precariedad corporativa, nos lanzó esas intermitentes lucecitas, signos inequívocos tendientes a que logremos la respuesta a tanta desazón que nos produce la conducta humana.
Quien ha seguido nuestra trayectoria editorialista, debe recordar que en muchas oportunidades hemos manifestado que el hombre es instrumento de su entorno como resultado de la sempiterna costumbre –por lo tanto abarcaría a la mayoría de una generación- de considerar que su momento de vida es original y único y, por lo tanto, para regir conductas interesa poco el ayer, y no se relaciona el hoy con el mañana, así parece considerarse que las conductas a regir deben moldearse en lo contemporáneo que va generando el entorno.
Esta tendencia en el ser humano se fortaleció como consecuencia de los sinsabores que nos depararon en materia nacional las décadas del 70 y del 80, cuando, en una total amnesia del valor humano, se hicieron caer los “cuasi” dogmas sociales imperantes hasta entonces, los que bien o mal habían regido por varias generaciones y mostraron una muy aceptable cohesión social.
Sucedido lo que sucedió, aquellos hechos provocaron en el individuo la necesidad de aferrarse al “sálvese quien pueda” con su correlato de la disgregación institucional y el aislamiento, todo ello mezclado en una confusión general con pérdida de la autoestima nacional, generacional e individual, una de cuyas representaciones entonces estuvo dada en la diáspora de jóvenes argentinos hacia el mundo.
Salidos que fuéramos del pozo institucional en que estábamos sumergidos y que amenazaba derrumbarnos, alentados por el fin de la letal postración económico financiera, hubo que empeñarse en convivir con los “nuevos tiempos” encontrando en los medios masivos la vidriera adecuada para exhibirlos y, a la vez, espiar patrones de conducta que se van generando a nuestro alrededor, para, sobre ellos, ir construyendo un andamiaje adecuado al momento que se vive, llevando a cuestas la pesada mochila cargada hasta con violencia letal de un pasado reciente, demuestra cabalmente la fragilidad de tiempos y situaciones.
Adecuar a los nuevos tiempos en que se privilegian las estructuras sociales, institucionales, políticas y económicas teniendo como parámetro lo que sucede a nuestro alrededor, y a la vez pretender consolidar fragilidades y restaurar ideologías no fue tarea fácil, sobre todo teniendo en cuenta que cuando se pregonan momentos de cambio, todo vale, lo que trae aparejado el debilitamiento de instituciones y leyes que, solamente con un encendido y sostenido criterio republicano se pueden sostener.
Como lo ha repetido la historia en procesos ocurridos en el mundo, semejantes al que hemos narrado, la reconstrucción deja al desnudo falencias de ayer y de hoy y en el quehacer de solucionarlas el terreno se muestra propicio para toda suerte de desborde pasional que puede abrirse en varios frentes, no faltando por cierto las trasgresiones que también se presentan en abanico, no sin olvidar la fructificación de las desmedidas ambiciones materialistas que, atendiendo experiencias anteriores y refrendadas en el “sálvese quien pueda” quieren ver solucionado su futuro desde ese punto de vista.
Y en tren de señalar ambiciones materiales, la corrupción es un mal mayor que pareciera extenderse cada día más, algo así como una epidemia que arrasa estructuras personales y grupales.
Otro de los casos que compromete a la ciudadanía –autoridades y pueblo- es el de la pobreza, de la miseria, que asoma a diario. No basta con que los medios de comunicación se ocupen con fruición del tema. Sucede que en éste, como en el otro caso planteado, la contemporaneidad utilizada como descarga de conciencia, nos lo presenta como algo insoluble.
Es cierto que es corriente, es cierto que es difícil de solucionar pero… y aquí acudimos a un regionalismo que siempre nos asombró, por esa su capacidad de expresarlo todo y muy bien en una sola palabra… ¿será?
Sin embargo nos informamos que, sobre todo en el país central, se dilapidan (¿exageramos?) dineros sin ningún prurito, dineros que tanto serviría para paliar pobreza, para paliar miseria.
Y en tren de señalar el argumento contemporáneo, aparecen tantos y tantos chicos y ancianos enfermos en todo el país, hospitales que no funcionan a pleno, falta de medicamentos, en fin que éste, el de la salud, como otros, son temas irritantes y desconsiderados que hieren la sensibilidad pública.
Y bien, adjudicamos a la palabrita en cuestión la responsabilidad de ser utilizada como analgésico en mentes “confundidas o distraídas”.
En este Oberá que recibió un legado muy especial de los colonizadores que ayer nomás vencieron al bosque y fundaron heredad y que cuenta con tantos ejemplos notables de conducta y que, reiteramos, es un conglomerado humano que tiene una constitución social distintiva provincial en el que los hijos o nietos de inmigrantes y criollos sienten con pasión ciudadana el llamarse obereños, hay lugar sin duda para que estas reflexiones lleven a la gente a comprender que lo contemporáneo es una herramienta imprescindible para el trajinar ciudadano, pero debe ser acompañado de una visión restrospectiva al rico pasado que nos legaron y que no debe dormir en saco roto, de tal suerte que, con ese auxilio, la reconstrucción ciudadana pueda ser de real y de verdadera utilidad para un pueblo que, social y culturalmente está dando muestras de un equilibrio y madurez, algo que es digno de destacarse.
Vivir en el tiempo y época que nos tocó en suerte, sabiendo desechar, aunque esté extendido, todo aquello que va contra nuestra conciencia, nuestra responsabilidad o nuestra conducta.

 

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Categorías: Columnas de Opinión

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