¡Qué encrucijada!, como uno de los primeros periodistas que desparramaron semilla por este Oberá, cuando se celebra nuestro Día avanzan ideas de cómo encarar con propiedad, dándole sentido a nuestra nota, algo así como vincular entorno con personajes y dictar presencia y ética utilizando experiencia vivida en más de cincuenta años de trayectoria; desgranar en estos difíciles tiempos de introspección ciudadana, futuro de nuestra labor como servidores públicos; asesorar en el sentido de no dejarse devorar por pensamientos enlatados en nuevas técnicas, haciendo privar siempre argumentos estructurados, genuinos y creativos por excelencia; sin embargo, nos hemos bajado del caballo en que nos puedan ver montados e invitarlos a que nos acompañen a vivir nostalgia cuando nos encontremos con…

La vieja máquina de escribir
Los genes informativos que recibimos por herencia y que al nacer a la vida nos fueran colocados y que supieron de largas jornadas de múltiples traqueteo de las teclas de una máquina de familia Remington, Olimpus u Olivetti y que supieron prevalecer, en nuestro caso, en esa lucha que, suponemos, entablarán entre ellos, nos sellaron la vocación y no conformes con hacernos periodistas, nos dotaron de ínfulas suficientes como para considerarnos también escritores.
-Pero ¡qué va! Diría el peninsular e insistiría, “pues hombre… al grano” y ese grano no es nada más ni nada menos que un recuerdo cariñoso -que bien cabe el término- hacia nuestra maquinita portátil de escribir que, recordamos, habíamos comprado en Organización Imlauer Oberá -aquella prestigiosa firma cuyo local de ventas estaba ubicado en la esquina de Córdoba y 9 de Julio-, y cuya gerencia estaba a cargo del amigo Guido Zecchini, quien mucho aportó en su tiempos a la cultura obereña y que fuera la última que ocupamos de las tantas que tecleamos en los tiempos pre computadora.
-¡Al grano!, ¡Al grano!. El latiguillo se vuelve insolente y como para que no repita, optaremos por aplicar otros tiempos y otras letras a nuestro escrito.
-¡Qué recuerdos nos invaden de aquellos tiempos pre computadora!
Recordamos cuando nos urgían por la nota editorial y el reclamo cobraba vida en las teclas que, con tanta exigencia, se iban limando y la tipografía amenazaba primero y decidía después de abdicar de tamaña empresa que acometían nuestros improvisados dos dedos, que, furiosos e impacientes, las sacudían sin compasión.
Que de otras urgencias periodísticas supimos saber cuando la legendaria ya, L.T.13 Radio Oberá, cuyo director, compadre y amigo, Hugo Amable -otro hombre pionero, palabra mayor de la cultura obereña, nos incorporó a su elenco periodístico y “Nos permite una opinión” nos sacaba canas verdes a las 12,20 de cada día.
Así, la columna editorial y la columna radial se nos aparecía como una boca abierta ansiosa por engullir su presa y que no perdonaba demoras y esa sola percepción actuaba en contra de nuestra calidad de pensamientos, peo lograba sacarnos de esa inveterada costumbre que tenemos los mortales de dejar para otros minutos, otras horas u otros días el cumplimiento de las obligaciones contraídas.
Vaya si no fue una experiencia de que nos valemos hoy para explicar la responsabilidad que debe tener el periodista, el buen manejo de los tiempos y por sobre todo la posibilidad de poder encontrar en el momento que la necesitamos esa lucidez imprescindible como para rescatar conocimientos que atesoramos a veces sin saberlo pero que son el fruto de la experiencia y la información a la que nos debemos y, además, emplear el ejercicio de la sapiente palabra adecuada y oportuna.
Y así, aquella vieja maquinita, la que llevaba la peor parte, pero con la que también nos irritábamos cuando teníamos que borrar lo que habíamos escrito mal o subir lo que estaba escrito abajo, o bajar lo que estaba escrito arriba -aunque la culpa no fuera de ella- , se hizo carne en nuestra tarea y conformaba, con nosotros un todo inseparable -algo así como el gaucho y su caballo- que juraríamos entonces irreemplazable.
Lo que no sabíamos era que otros genes, en este caso más allá de nuestras fronteras, se introducirían e inducirían a Bill Gates a hacer las mejoras técnicas del caso, necesarias como para estandarizar y popularizar las computadoras.
Lo fuimos asimilando de a poco, y poco a poco, tras la indignación que, como pasionales hombres que somos, nos embargo. Fuimos -al principio como a escondidas- observando a la intrusa que se presentaba ante nuestra vista envuelta en ese robusto mueble que nos deslumbraba con la luminosidad de la pantalla y que nos seducía con al picardía de su sensible teclado al que un día y otro día -casi con remordimiento- nos fuimos animando a relacionarnos.
Lógico es preguntarnos ¿y todo aquel cariño que sentíamos por la Olivetti, tal como lo expresamos, pido pasar a ser tiempo pasado? Para algunos así fue, para otros, no y recordamos el caso de otro amigo, el exitoso periodista histórico, Alberto Mónaca, que nada quería saber de nuevos amores en teclas y siguió forcejando aferrado a su maquinita de escribir.
Nosotros, que traicionamos la Olivetti, contemplamos de vez en cuando su desconsolada imagen apoyada, muy juiciosa ella, sobre una mesita que antes le sirvió de trono, pero apabullada ahora ya que sus chapas y teclas han dejado atrás el vedetismo que tenían en nuestros años mozos y sobre ella descansan diarios y papeles a la espera de ser clasificados o archivados. Cruel destino.
Y con esa facilidad que tiene el hombre para justificar sus actitudes, comenzamos a pensar y más tarde a formular razonamientos que nos devuelvan la serenidad de espíritu como para acallar cualquier conciencia rebelada.
Y a buena fe que esos razonamientos nos fueron convenciendo, si… al fin y al cabo con menor presión de los dedos, es decir con menor esfuerzo y, por lo tanto, con más rapidez podemos cumplir con la urgencia que nos plantea el medio periodístico, por qué no adoptarla.
Sobre todo cuando de un “periquete “pasamos a una frase aunque este muy abajo, hacia arriba y es cuando advertíamos lo imprescindible que era la goma de borrar que teníamos que utilizar cuando nos equivocábamos al escribir una palabra o un renglón y que ahora -computadora mediante, solamente con apretar una tecla queda borrada automáticamente.
Son muchas las ventajas que nos ofrece la tecnología y que nos generan razonamientos proclives a utilizarla y en este cuadro de la lucha del hombre por preservar lo de ayer ante la invasión de lo de hoy solo queda una actitud posible y es la que seguimos.
Borradas que fueren las comparaciones, solamente cabe el recuerdo de los buenos momentos que vivimos frente a nuestra máquina de escribir y de todo lo que con ella emprendimos y realizamos y, en este Día del Periodista, creemos representar a tantos periodistas que peinan canas, en el recuerdo cariñoso hacia su máquina de escribir, tal vez arrumbada, tal vez integrando las piezas de un museo, pero, de todas maneras de nuestro cariñoso recuerdo.
Y como periodistas que somos -algunos nos llaman históricos, aunque nos consideramos vigentes- no tenemos empacho en cambiar “el ángulo de la información” y, dejando atrás la vieja máquina de escribir y nuestros recuerdos tan personales, damos cabida a una felicitación especial en este Día del Periodista a los directivos del “Ignacio Ezcurra”, vayan nuestras congratulaciones por haber llevado a cabo actos alusivos de real significación para mayor brillo del Círculo y la ciudad que desea verlo como una antorcha periodística de real importancia para orgullo de todos los trabajadores de prensa locales.

 

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Categorías: Columnas de Opinión

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