La frase, vigente en estos tiempos de cólera (de “bronca” diría el porteño retrucado por el “de pichados nomás” que se nos puede escapar) y que escuchamos una y otra vez, enervados tras leer los diarios o ver imágenes y texto de la gran ciudad que muestra en detalles y reiterativamente el hecho escabroso, sádico, salvaje y hasta lúgubre producto de violencia de género o de robo a mano armada; que nos sacude hasta los sesos con las palabras, gestos y hechos de líderes mundiales que han puesto a hervir fuerte, aquí y allá, lo que aparecía como una guerra fría y que sin pudor alguno y más bien como si fueran trofeo de caza exhiben sus armas sofisticadas producto de los arsenales de la destrucción, amenazando con bombardeos nucleares de tal magnitud que arrasarían con todo ser viviente en enormes radios ubicados en los continentes y las que, según se ha informado, multiplicaría al infinito las que se lanzaron sobre Nagasaki e Hiroshima; una pálida y hasta errante clase política que pareciera haber perdido el rumbo sembrado por ideologías que admitían “adversarios” que hoy pareciera que pasaron a ser “enemigos”, escenario virulento en que como mejor arma electoral se ha elegido la diatriba que genera una crítica destructiva para la democracia que tanto nos costó conseguir en función país; una naturaleza depredada por siglos por el hombre y que en tal situación va perdiendo la armonía controlada de que hacía gala y como consecuencia hemos quedado expuestos en una u otra forma a vivir /desvivir percances ecológicos de magnitud.
¡Basta ya! Que para los que vivimos en un “cuasi” paraíso terrenal como lo es esta provincia de Misiones puede parecernos todo lo anterior como una novela que transita la riesgosa vía del pánico al terror. Lo comprendemos, cerramos la puerta, no sin antes advertir que todo nuestro repertorio  no hizo sino tratar de entender aquello de “Pero… que nos pasa…!” y presurosos abrimos otra puerta para que por ella ingrese…
La bocanada de aire fresco
    Que vivimos los argentinos el pasado 25 de Mayo en que, rememorando gestas gloriosas para la patria nos hizo revivir aquellas jornadas sanmartinianas en procura de la independencia nacional, imágenes vivas proporcionadas por la televisión nacional  y que pareciera desprendidas del libro de historia que buscábamos ávidamente en primaria y secundaria y que ayudaba a solidificar la visión de patria, pero hay más y ese más estuvo dado por el desfile militar nacional que aparecía como borrado del pizarrón argentino siendo, como lo ha sido por tiempo, uno de los hitos más representativos de los conceptos nación y patria y que acaso recreábamos regionalmente en todos los pueblos del país.
   Dejamos para el final de la nota el toque sensible de aquella jornada del 25 de Mayo pasado y que lo constituyó el desfile de los sobrevivientes soldados de Malvinas que, con honor y alegría rememoraban su hazaña en aquella tierra fría que cuando jóvenes los invitó a luchar en guerra desigual sufriendo con orgullo su entrega patria, tocante sí y más aun cuando algunos de ellos mostraban sin arredrase sus mutilaciones de guerra.
   Fue entonces cuando volvimos a pensar lo fuerte que es ese sentimiento latente de patria que no ha podido desterrar el globalismo ni el materialismo. Está vigente en nuestro pueblo y se expresa allí cuando nos toca el protagonismo de defenderla en el campo que fuere y eso nos reconforta. Y ya que hablamos de patria qué mejor que ingresar a un trozo de su historia en la figura de Juana Azurduy de Padilla
   El 25 de Mayo de 1862 murió la insigne patricia doña Juana Azurduy de Padilla, teniente coronel del ejército de la Independencia. Nació en Chuquisaca el 8 de marzo de 1781. En 1802 conoció a don Manuel Asencio Padilla, que también fue coronel de las fuerzas patriotas, y el 8 de marzo de 1805 contrajo matrimonio con él. “Desde aquel instante siguió a su marido como la sombra al cuerpo que se desplaza en plena luz”, frase consagratoria que le dedicó un investigador. Actuó al lado del coronel Padilla, su marido, en todas las acciones guerreras por la lucha en pro de la libertad de América. Animada de viril coraje y enfervorizada de patriotismo, soportó todas las vicisitudes y padecimientos en la cruel contienda. En la memorable jornada del 7 de agosto de 1814, contra el coronel Benavente, en Chuquisaca se batió con tanto denuedo que el historiador boliviano Sánchez de Velazco le ha dedicado estas líneas en la “Historia de Bolivia”: “La mujer del comandante Padilla desplegó tan varonil ánimo, que asistía a los ataques y sirvió en ellos aun dirigiendo un cañón de artillería sin miramientos a su gravidez; así es que fue titulada “Coronel y aun recibe pensión del Estado” Relatar su vida es volcar al papel una verdadera novela poblada e imágenes increíbles, por tratarse de una mujer y de la calidad que ella era, por su cuna y su esmerada educación. Al mando del batallón Leales se batió con denuedo, en el cerro Carretas el 4 de abril de 1815, a las órdenes de su marido, contra los realistas comandados por el general don Manuel Tacón. Acompaño a  su marido en la entrada a triunfal a Chuquisaca, el 3 de abril de dicho año. Soportó estoicamente el sitio a que la sometido el general español La Hera en el pueblecillo de Villar, pero, finalmente, triunfo de sus enemigos y los hizo retirar con precipitación, después de dos horas de rudo combate. En esa oportunidad presentó a su marido una bandera tomada a los españoles. Asistió a un rudo combate en La Laguna, donde fueron totalmente destruidas las fuerzas patriotas. Al día siguiente, 14 de septiembre de 1816, el coronel Padilla fue derrotado  por el general español Aguilera, no obstante la fantástica ayuda de su mujer y de sus soldados, viéndose obligado a ponerse en fuga con ella, con su ayudante, otra mujer  que les servía de compañía y con el capellán Polanco., Fueron perseguidos y alcanzados. Para salvar la vida de su mujer, a quien rogó que huyese y se alejase lo más pronto posible, el coronel Padilla  desenvainó el sable y cargó con bravura contra sus adversarios, cuerpo a cuerpo, pero una bala enemiga lo  hirió de muerte. En el suelo donde se desangraba el general Aguilera se arrojó sobre él y ordenando al capellán Polanco que lo absolviese lo degolló. Después de la muerte de su marido siguió sirviendo a la patria. El Directorio Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata le otorgó los galones de teniente coronel de milicias partidarias de los Decididos del Perú, con fecha 13 de agosto de 1816, otorgándole la jerarquía “por honor a su patriotismo distinguido” Años más tarde se radicó en Salta, donde vivió hasta 1825. Después regresó a Chuquisaca. Cuando el general don Simón Bolívar llegó a  esa histórica ciudad, acompañado de su Estado mayor, visitó a esta ilustre americana, llenándola de elogios.
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Categorías: Columnas de Opinión

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