En nota editorial 114 del 28 de junio de 2007, decíamos:
     La Municipalidad de Oberá  y la Junta de Estudios Históricos dejarán inaugurado el próximo 9 de Julio a las 9 horas (lo que sucedió debido a las inclemencias del tiempo el viernes 13) el  monumento al Cacique Oberá, erigido en la Avenida de las Américas a la altura de Avenida Gendarmería Nacional, obra de los escultores Gerónimo Rodríguez y Humberto Díaz.
     Utilizando pasajes de nuestro libro “Un lugar llamado Yerbal Viejo” que presentaremos en la Feria Provincial del Libro el viernes 6 de Julio a las 19 hs. pretendemos mostrar en sociedad al personaje histórico enraizado en nuestra historia ciudadana ya que su nombre le fue impuesto al naciente pueblo de Oberá por decreto del presidente de la Nación, Dr. Marcelo T. de Alvear de fecha 07/02/1927, así como también a su entorno y la razón de sus luchas.
    Cuando el navegante Juan de Salazar, integrante de la expedición de don Pedro de Mendoza, “trepó” el Paraná  en busca de la soñada “Sierra de la Plata”, fundó -comisionado, por aquel y respondiendo a una promesa que le había hecho a los indios “carios”-, el 15 de agosto de 1537 el fuerte de Nuestra Señora de la Asunción.
     Ni él ni sus compañeros de aventura pudieron haber imaginado que años más tarde en la región del Paraná o Región de Ipané, en la que se llamaría provincia del Paraguay, naciera el Cacique Oberá, quien en el siglo XVI líderó la rebelión guaraní contra la impiadosa servidumbre en que habían colocado los españoles a los aborígenes a través de la figura de la Encomienda.
     ¿En qué consistía la creada figura de la encomienda?.
    Damos paso a una Cédula Real dirigida al virrey gobernador y capitán general de las provincias del Perú que expresaba: “…se ha mandado que los indios naturales de esa provincia, tengan y gocen de entera libertad, y me sirvan como los demás vasallos libres de estos, mis reinos.
    Y asimismo sabéis que por repugnar a esto el servicio personal, en que en algunas partes los han tasado en lugar del tributo que pagan y deben pagar a sus encomenderos, está ordenado y mandado apretada y repetidamente que cese y se quite del todo el dicho servicio personal, y se hagan tasas de los dichos tributos, reduciéndolos a dinero, trigo, maíz, yuca, gallinas, pescado, ropa, algodón, grana, miel u otros frutos, legumbres y especies que hubiere y cómodamente se cogieren y pudieren pagar por los dichos indios, según el temple, calidad y naturaleza de las tierras y lugar en que habitan…”
   Es del caso mencionar que la figura del encomendero, utilizada por la corona española para ser aplicada en el Nuevo Mundo, surge de ubicar jurídicamente al indio como un menor que debía ser protegido y representado.
   Esa era, en teoría, la obligación de los encomenderos y corregidores, proteger a los indios amigos de sus enemigos y ocuparse de su evangelización. En retribución, éstos debían pagar un tributo.
   Los guaraníes, que habían ayudado a sus “parientes” como un deber de reciprocidad, no quisieron ayudar obligadamente y así la situación se fue agravando y ante la imposibilidad de que el aborigen pueda pagar su tributo en metálico se decidió retribuir al encomendero con “servicios personales” que los indios de cada pueblo o encomienda debían prestar por medio de turnos o mitas
    Pero cierto era que los encomenderos, quienes debieran cumplir la norma, eran aquellos frustrados conquistadores, integrantes de la expedición del primer adelantado que fundó Nuestra Señora de los Buenos Ayres por primera vez y que conocieron la realidad de que, en lugar de oro y plata, aquella tierra de los buenos aires, de los que poco tenía, los condenaría a la hambruna y por propia torpeza, a una relación agresiva con los aborígenes.
    Trepando el Paraná y llevando como norte el poderoso imán de la legendaria Sierra de la Plata y no hallándola, sí se encontraron con indios y tierra generosos y -como lo afirmamos en nuestro libro- “… aquellos curtidos conquistadores , que ya sabían de luchas y rebeliones indígenas en medio de la mayor pobreza y hambruna a orillas del Plata, creyendo hallar en el Paraguay la ventura que se les negó del sueño dorado tejido en la “armada”, lejos estaban de cumplir reglamentaciones y ordenanzas que los privaran de obtener renta y placer a costa de los aborígenes prontamente encomendados, en tierra agreste, lujuriosa y alejada por miles de kilómetros de España…”
   En aquella Real Cédula se agitaba el castigo a los encomenderos trasgresores: “…correrán por el de vuestra conciencia los cargos, agravios y menoscabos que por esa causa recibieren los indios, y se cobrará la satisfacción de ellos de vuestros bienes y hacienda…”
    Ante la imposibilidad de controlar a estos encomenderos que actuaban como señores feudales en tierra conquistada y teniendo presente que la conquista y colonización de esta tierra no gravó el tesoro de España y sí el de los particulares que se arriesgaron a la aventura, la corona desestimó la figura de la Encomienda y auspició la de la Misión que en manos jesuitas contuvo al pueblo guaraní y permitió acoger- por autorización real- en sus Misiones a todos los sojuzgados que escapaban del horror encomendero.
   Tal la situación que se planteaba en la provincia del Paraguay y que ponía en riesgo la relación hispano-guaraní y por lo tanto la conquista, colonización y catequización de tierra y aborígenes en el Nuevo Mundo, propósitos indeclinables de la misma.
   Y como consecuencia de ello, la rotura de la pacífica convivencia de los tiempos iniciales de la Asunción que dieron lugar al surgimiento de una rebelión aborigen que encabezaran los caciques chamanes de los distintos grupos étnicos.
   El jefe o cacique guaraní debía ser el indio de mayores luces, valor y experiencia. Se hacía famoso por su elocuencia, magia, prestigio y hechicería, lo veneraban como autor del bien y del mal, como árbitro de la vida y de la muerte, con poder sobre el cielo y la tierra, así como hacedor de las fuerzas de la naturaleza.
      Damos paso a los conceptos vertidos por  Bartolomé Meliá -autoridad en la materia- con relación al cacique Oberá:
  “Una de las más significativas respuestas proféticas contra la opresión colonial fue la de Oberá, por el año 1579, los Guaranís que seguían a Oberá cantaban y danzaban ininterrumpidamente durante días. Des-bautizaban a los que habían sido bautizados y les conferían nuevos nombres conforme a la tradición indígena. Este y otros levantamientos son movimientos de liberación contra la servidumbre colonial, al mismo tiempo que una confirmación del modo de ser tradicional, que en la religión encuentra su expresión más auténtica”
    Dice uno de los párrafos de la “Historia de la República Argentina”, página 120, año 1894.
    “….El nombre de Oberá, Resplandor del Sol, corrió por los campos exaltando la imaginación y las esperanzas de las razas desdichadas que los habitaban; y, como era natural, la nueva religión se convirtió pronto en una vasta insurrección de toda la provincia del Guayrá…”
     El final de la respuesta profética contra la opresión colonial no pudo ser de otra manera:
“El cacique Oberá, auto titulado dios inicia la rebelión guaraní que Juan de Garay no pudo dominar sino después de grandes combates y de verter mucha sangre. Su radio de acción se centra en la provincia de Santa Fe y sus correrías se extienden por el litoral, para, finalmente y mediante la utilización de su artillería y de sus arcabuceros, vencen en combate final en la región de Ipané. Juan de Garay venció con feroz ensañamiento el alzamiento guaraní, castigando de esta manera, no solamente la rebelión, sino también el sacrilegio y la herejía en que, para los españoles, había caído el cacique y sus seguidores. Huyendo de sus perseguidores se cree que se internó, juntamente con el padre Martín González, en el Chaco Hualampa…”
   Tal la trayectoria de este iluminado cacique guaraní que hizo historia en el siglo XVI, en defensa de su suelo, sus tradiciones, su religión y su lengua, avalando con su accionar el ansia de libertad que fue norma de su estirpe en el tiempo.
   Han pasado más de nueve años y en reciente visita que efectuamos al monumento  hallamos “escondido” su basamento entre una frondosa vegetación que está cubriendo  hasta la placa del frente que explica de que se trata, placa que ha sufrido con el tiempo la rotura de parte del vidriado.
   Asimismo es del caso recordar que el proyecto arquitectónico incluía en cada una de las caras laterales del basamento grabados con figuras de vegetación y aborígenes siguiendo en su ruta de libertad al Cacique, lo que, al no haberse realizado pese a los pedidos al efecto hechos por la Junta de Estudios Históricos mueve al interrogante de los visitantes del porqué de la mirada hacia atrás del cacique.
   Obra mayor en la escultura misionera, símbolo mayor de nuestra historia ciudadana ya que el cacique “Oberá” originó el nombre dado a la ciudad, atractivo turístico sin promoción,  “escondido, como para que no se vea”, producto de una investigación profunda por parte de la Junta de Estudios Históricos de la ciudad avalado oportunamente con la erección del monumento por parte de la anterior gestión municipal, pero sin que se lograra terminar la obra, seguramente está esperando la “reparación histórica” de las nuevas autoridades municipales para salir del anonimato, máxime si se tiene en cuenta la  nominación del “Día Nacional de los Monumentos Históricos” a celebrarse el 12 y 13 de noviembre próximo “…de hacer conocer, a los ciudadanos de toda la provincia los valores de su patrimonio arquitectónico y escultórico”
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Categorías: Columnas de Opinión

Un comentario en “El Cacique Oberá. Fundamentos y “Reparación Histórica”

  1. Eduardo

    Muy bueno el cuento cuando van a contar la verdadera Historia de un cacique que no existió al menos en esta zona . En vez de retrotraer el tiempo en 1579 en Santa fe y Paraguay cuenten desde 1911 en adelante que son los verdaderos héroes tantos los aborigen como los inmigrantes de está bendita tierra.

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